jueves, 20 de agosto de 2009

Paseos del Ramadán I

En los próximos días dará comienzo el mes de Ramadán, la celebración más importante del mundo islámico en la que los musulmanes ayunan desde el alba hasta el anochecer y cumpliendo uno de los cinco pilares del Islam. Durante ese periodo los creyentes deben observar una serie de preceptos para que el ayuno sea válido: la abstinencia de todo aquello que rompa el ayuno (bebida, comida o relaciones carnales) desde el alba hasta la puesta del sol y tener presente la intención en la mente y en el corazón antes del inicio de la primera oración del día. Es un mes en el que los musulmanes demuestran su gran fuerza de voluntad y en el que la vida sucede a otro ritmo y en algunos momentos parece que se aletarga. Pero en contra de lo que mucha gente pueda pensar, se puede seguir trabajando y haciendo una vida relativamente normal. En algunos casos se modifican los horarios para no coincidir con la puesta de sol y algunos lugares cierran más por escasez de público que por una cuestión religiosa. Aún así, como en todo hay excepciones para aquellos que por circunstancias especiales no puedan cumplir con la obligación como el caso de los niños, los enfermos, los ancianos débiles que podrían empeorar o aquellos trabajadores, que por la dureza de su trabajo, requieren estar bien alimentados. En estas situaciones se puede recuperar el ayuno o en su defecto dar de comer a un pobre por cada ayuno no realizado. Un mes sagrado para millones de personas.

Hace unos días, en un foro de viajes, se hacia la siguiente pregunta ¿Merece la pena viajar a un país musulmán en época de Ramadán? Mi respuesta y la de otros foreros era rotunda: Por supuesto. El que los acontecimientos se desarrollen a otro ritmo y en otras circunstancias no le quita encanto nunca a un viaje. Es más, es una experiencia bastante enriquecedora que puede ayudar a que musulmanes y no musulmanes nos comprendamos mejor. He tenido la suerte de visitar Marruecos y Turquía en estás épocas y os aseguro que merece la pena, tanto por observar como los lugares parecen cambiar, como por sentir como el ambiente se llena de una espiritualidad que parece impregnar cada rincón. Cuando cae la noche todo se vuelve a transformar con la ruptura del ayuno, bien en familia, bien en grupo convirtiendo esos momentos en una verdadera fiesta llena de alegría como pude comprobar en Estambul hace algún tiempo y cuyo testimonio reflejado en mi diario de viaje Paseos Turcos quiero compartir con vosotros.

Paseo del Ramadán I

Desde la azotea del hotel el cielo se va apagando en tonalidades pasteles, encendiendo las luces de la Mezquita Azul que parecían apagadas instantes antes. Huele a otoño, o quizá huelan los recuerdos de una infancia que por momentos vuelve y que revive en la retina de la vida las hojas muertas; el olor húmedo y terroso que dejaba el humo de la hojarasca quemada en pequeños montones en los jardines de Ávila; unos jardines que durante unos días quedaban semidesnudos y olvidados; olor a brisa intermitente y baja que anunciaba en tu cara que el verano había acabado dejando siempre la sensación de cosas que quedaron sin hacer, de cosas que nunca volverían; de perdida progresiva y sin retorno de la vida: nuevo curso.

Respiro hondo, perdiendo la mirada unas veces en los altivos, imponentes, simétricos y puntiagudos minaretes de la Mezquita Azul. Otras, en la sobriedad anaranjada de Santa Sofía. De vez cuando me giro para contemplar el callado y sereno azul del mar de Mármara donde algunos cargueros y aisladas y frágiles barcas de pescadores, inmóviles sobre la masa azul, parecen haber sido puestos para mejorar el paisaje. Es una visión de 360 grados, una perspectiva íntima de una ciudad que, a uno, se le hace familiar. Durante quince o veinte minutos voy deambulando por la azotea, recreándome en futuras pisadas, desvelando sensaciones de libertad en las que el alma demanda sosiego, urge arrinconar conflictos y regocijarse en cada clic visual. Vuelvo a Estambul.

Decido bajar a la plaza de Sultanhamet pero antes miro de soslayo a Santa Sofía y le pido con la imaginación que me cuente cosas de la ciudad, que por unos momentos me haga revivir la historia. Estoy dispuesto a escuchar.

En la calle, la llamada gutural y amplificada de los muecines se esparce en ecos sincronizados por la ciudad anunciando la anochecida. Es época de Ramadán. Como cada año en el noveno mes lunar, el mundo árabe entra en una especie de letargo temporal e intermitente que sólo acaba con el bullicio que origina un sol dormido. Alrededor de la Mezquita Azul, dando la espalda a Santa Sofía, se congregan miles de musulmanes que se desparraman en anarquía agitada y absoluta por todos los recovecos de los jardines y de la plaza de Sultanhamet. De un minarete a otro han colgado una hilera de luces que forman palabras incomprensibles para mí.

Camino con un ritmo entrecortado, dócil, provocado por los aluviones de gente que deambula solitaria, en grupo, en masa por toda la plaza. Es como estar en una nebulosa que te envuelve y te lleva hacia todas y a ninguna parte; un dejarse llevar resignado. Hay niños que corren como ratones perdidos, sobreexcitados por el ambiente; mujeres con la cabeza empañolada de mil modas que distribuyen en partes desiguales pan, sopa, pasteles… ofreciendo, sumisas, en primer lugar los alimentos a los hombres de la casa, quienes mantienen una actitud seria y circunspecta, vigilantes al masticar y tragar por si son observados pero, al mismo tiempo, seguros de estar marcando su territorio. Las mujeres parecen disfrutar más que los hombres. Charlan y ríen entre ellas: quizás ese día estén estirando la cuerda o, posiblemente, esos días sean momentos de poder expresar algo más que un callado vasallaje, un acatamiento rutinario de sus vidas. Se ve mucho teléfono móvil, mucha foto tecno telefónica que inmortaliza por igual a amigos y familiares; estampas y gentío anónimo. Y a mi me parece, que esta fiesta, las fiestas, ya no son lo que eran o a lo mejor resulta que en nuestra percepción somos incapaces de notar el paso del tiempo o que seguramente nos gustaría hacer nuestra propia foto de la vida, de las cosas, que todo fuese a imagen y semejanza de nuestros deseos.

Sigue cayendo la noche y Sultanhamet es una aglomeración histérica, un hervidero donde se confunden los colores y los olores. Como se confunden las músicas que provienen de la mezquita, de los coches atascados que doblan la percusión haciendo sonar sus molestas e inoportunas bocinas; también las melodías superpuestas de las carpas de los restaurantes montados para la ocasión. Hay gritos, miradas, sonrisas que se pierden con las nuevas, cuerpos que se esquivan y cuerpos que se chocan; instantáneas emocionales que rompen el obligado ayuno del Ramadán. Estratégicamente situados, los vendedores de castañas pregonan su mercancía atropellando palabras, vociferando ofertas, compitiendo en volumen y viveza verbal con los vendedores de mazorcas de maíz que parecen tener más éxito: los castañeros no saben que para vender castañas hay que pasar frío o dar la sensación de que se pasa y que la mitad de una venta depende de que el aroma de las castañas calientes no se diluya rápidamente en el aire y no sea respirado, porque la gente compra sensaciones y sin saber muy bien el por qué, referencias del pasado.


Continuara...

4 comentarios:

Katy dijo...

Preciosa descripción, me trae recuerdos de mi paso por Turquía. Efectivamente la modernización de la técnica cambia nuestra percepción de las cosas, dificulta mantener la pureza de las costumbres y nos va igualando a todos. ¿Mejor,peor? no sencillamente distinto.

Senior Manager dijo...

Exquisita texto que motiva y orienta a los no entendidos en estos temas. Ya lo creo que el ramadan es buena época para conocer países de origen musulmán, pues la visita se enriquece con los acontecimientos propios de la época.
Saludos
SM

Fernando López Fernández dijo...

Katy

Gracias por el comentario.Como dices de alguna manera nos estamos "uniformizando" y no es ni mejor ni peor. Lo que ocurre es que el que se pierdan las costumbres o las referencias no puede ser muy bueno.

saludos

Fernando López Fernández dijo...

Senior Manager:

Gracias por pasarte por Soul Business. me alegra que te haya gustado el post.

Los acontecimientos locales, siempre enriquecen el punto de vista al ofrecer una perspectuiva diferente de las forma de vida.

Saludos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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