viernes, 21 de agosto de 2009

Paseo del Ramadan II


Al lado del hipódromo, los hombres se arremolinan en sudor de chaqueta y jersey de domingo en torno a los vendedores de kebabs y charlan animadamente sin quitar ojo a los cocineros que, frenéticos, cortan verdura, giran la carne piden más pan, o envuelven y despachan la comida que ágilmente cobra uno de los camareros. Llama la atención la ausencia de discusiones en la cola. Ni siquiera unos ojos de ¡vaya morro tienes macho! entre la gente, a pesar de que siempre alguien se cuela. Recorro mas puestos de comida: hay algunos que tienen mesitas y pequeñas sillas donde más que beberse parece que se juega con el té pasándolo de vaso en vaso, escanciado la infusión con precisión asturiana ó se hace botellón de yogurt o de refrescos de colores imposibles. Rodeo uno de ellos, no al azar, y me encuentro en una miniferia donde hay carruseles de muchas vueltas y grasa vieja. Apenas sube gente. Al lado, un puching ball requetegolpeado, donde los más jóvenes parecen hacer apuestas para ver quien es el más fuerte. Son más apuestas visuales que retadoras; apuestas del qué dirán o yo no voy a ser menos: apuestas de siempre. Se suceden los golpes, imprecisos, torpes; golpes de adrenalina impaciente. Nadie, excepto el dueño de la atracción, consigue alcanzar la máxima puntuación y los turcos que asisten a la exhibición de fuerza y maña no saben que si es capaz de hacerlo es por el tedio que producen las horas muertas, por los días de exigua recaudación, por los trucos mil veces practicados y porque un feriante que no hace trampas pierde el respeto entre el gremio. Intenta, para incitar al público a que vacíen sus bolsillos, enseñando una técnica que sólo poseen sus manos y que con seguridad fue aprendida como consecuencia de las frustraciones que deja la vida. Además, el ya no tiene los nervios del pegador amateur que siente como las miradas van hacia él; miradas por otra parte que nunca buscan el éxito sino el fracaso porque el ser humano se regocija más con el error ajeno que con el éxito propio y porque las colas, esperar, siempre inquieta a aquel que pretende imponer que la vida pasee a su ritmo. Poco a poco se van animando nuevos participantes. Lo intentan una, dos, hasta tres veces, límite no escrito pero aceptado de eso que llamamos oportunidades; tres ridículos seguidos. De pronto, uno de los que observan tímido y apartado, se acerca despacio mirando al suelo y da un puñetazo seco, contundente, que hace saltar todas las luces de la atracción y apaga la ironía de los labios colaterales. Ha ganado. Mira alrededor alejándose orgulloso con la cabeza alta y el pecho por las nubes.

Las bombillas de los numerosos tenderetes parecen luciérnagas ocultas entre los árboles de Sultanhamet tintineando por el efecto de un viento que comienza a asomar tímido en la otomana noche haciendo revolotear papeles y envoltorios arrojados a un suelo cada vez más pegajoso. Permanezco al lado de un quiosco de caramelos, disfrutando de la elaboración artesanal de pirulís de colores donde un tendero bigotudo y concentrado en su labor, enrolla en un pequeño palo el jarabe de azúcar haciéndolo girar incansable, dando forma precisa a la golosina mientras los niños aguardan el momento de la compra vigilando el proceso y asintiendo con la autoridad que otorga la ilusión. Eligen y salivan los colores señalando con el dedo su mezcla favorita aunque saben que todos tendrán el mismo sabor: azúcar y limón. Continúo andando. Huele a palomitas que el tiempo templa y enfría. A cada paso aparece una nueva sensación, cada pocos metros un nuevo olor, una nueva temperatura, un sonido, una música; en definitiva un recuerdo. No hay tiempo para extender el pensamiento o encontrar una referencia; una humareda vil de carne descontrolada viene hacia mí, una humareda que me distrae, ciega y desconcentra de la visión de un hombre que lleva tiempo ausente de todo. La fiesta no va con él o hace ya años que vuelve por inercia, por esa inercia que tenemos todos con el pasado. Es Ramadán en Estambul, es Ramadán en la Mezquita Azul.

Me alejo hasta la calle Divan Yolu, para tener una visión oblicua de la Sultanhamet Cami, que emerge formidablemente iluminada, atrayendo, fijando la atención y desarmando con su belleza la mirada de cualquier paseante. Unos minutos después me dirijo hacia ella como un hipnotizado ausente, subyugado por el ambiente. Se me hace complicado abrirme paso entre los cuerpos excitados por la celebración, pero tras ser rechazado involuntariamente por la multitud, al segundo intento traspaso un estrecho umbral flanqueado por vendedores que promociona libros del Corán y otros, más jóvenes, enseñan y muestran, más agresivos, aunque quizá solo sea una pose, lecturas y panfletos que son ofrecidos y comprados con la misma pasión. La situación, más que hostil es incómoda. Sobretodo, cuando a trompicones comienzo a descalzarme para entrar en el interior de la mezquita. Agarro fuertemente mis zapatos con una mano mientras con la otra procuro guardar equilibrio y abrirme paso entre una multitud que quiere entrar y otra que quiere salir. El calor ahora se hace asfixiante, de respiración caliente y por un momento dudo si darme la vuelta pero juzgo que es peor. Instantes después, como si saliese despedido o alguien me hubiese empujado, me adentro en la mezquita. Es una sensación extraña. Por un lado los fieles, por otro el respeto que provoca siempre invadir un espacio que no entiendes y que tampoco te esfuerzas por comprender.

A diferencia de las iglesias cristianas, las mezquitas no solo son lugar de oración si no también de reencuentro, descanso y parece que el silencio no forma parte del ritual. A esas horas hay un runruneo constante, una hilera de murmuraciones que reverberan en las azuladas vidrieras y que te dejan la impresión de que estás violando su intimidad, así que salgo a pesar de que la observación del ambiente me esté encantando.

Al salir, el frió penetra en un cuerpo sudado, un cuerpo de dos temperaturas que el viento cada vez mas poderoso hace que el paseo se haga incómodo. Me alejo y me desoriento huyendo del ruido y me pierdo en calles negras donde el silencio te pone en alerta mientras mi mente proyecta las imágenes y sonidos vividos minutos antes. Es Ramadán en Estambul.

6 comentarios:

Myr dijo...

No se como llegué aqui, pero llegué....Me gustó tu relato.

Te cuento que si, que estuve en Estambul en Ramadan, en un hotel muy cerca de la plaza Sultanahmed, y me encantó. La pasé muy, pero muy bien.

Un abrazo

Katy dijo...

Hola Fernando, como siempre me has llevado a recordar La Mezquita Azul, Santa Sofía y demás bellezas de Turquía.Muy amena la narración.
Tienes un regalo en nuestro blog de cocina. Lo compartimos con cariño. :-)
Puedes recogerlo si te apetece en
http://katy-parahincareldiente.blogspot.com/2009/08/un-premio-para-hincar-el-diente.html

Me voy unos dias a respirar por ahi. Nos vemos a la vuelta
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Myr:

gracias por pasarte por Soul Business. Yo tambien me alojé muy cerca de Sultanhamet y todas las tardes eran espectaculares y diferentes.
Un abazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Gracias por el regalo, espero que pases unos magnificos días.

Un abrazo

María dijo...

Muchas gracias, Fernando, por tu comentario en mi blog, la verdad es que me gustó mucho, y en uno de mis comentarios allí dejados hice alusión del tuyo.

Me quedo leyendo tu relato, y ojeando tu blog.

Saludos.

Fernando López Fernández dijo...

María.

Gracis como siempre por pasarte por Soul Business. Me alegro que te gustase el comentario. te visitaré a menudo.

Saludos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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