miércoles, 19 de agosto de 2009

Lo que da de sí una carta

Cuando regreso de viaje acostumbro a recopilar y juntar todos los papeles que he ido acumulando durante las vacaciones en diferentes lugares del equipaje. Es una manía que tengo. Puede tratarse de planos de ciudades, folletos turísticos, dípticos de museos y monumentos, libretos que voy comprando… Incluso suelo guardar las entradas, los billetes de autobús, las facturas de hoteles y restaurantes, tarjetas de visita y comerciales, periódicos del lugar y cosas así. Puede parecer raro, pero se trata más bien de tener un fondo documental que me ayuda después a escribir mis diarios de viajes. Bueno, el caso es que me encontraba buscando un sobre, bolsa o carpeta donde guardar los documentos cuando me he topado con una bolsa de de papel parecida a un sobre que en su día diseño mi hermano para su tienda. Esto no tendría mayor importancia si no fuese porque en una de sus caras hay una carta del siglo XIX impresa. Y hoy el post habla de esa carta.

Hace un tiempo escribí un sobre las cartas manuscritas y aunque la que se reproduce está mecanografiada, guarda ese espíritu cálido y casi infantil del lenguaje que se empleaba en aquellos tiempos cuando aún no había aparecido ni Internet ni el tuteo generalizado.

Es una carta en la que la cortesía y las buenas maneras parecen sacadas de una novela del genial P.G Woodehouse. La carta se la envía un tal Carlos Carranza de una compañía de Nueva York al Señor Don (ahora uno de los dos por norma general sobra en las nuevas costumbres epistolares) Rogelio Herqués y en ella le da cuenta de sus últimas andanzas.

Si uno la lee con atención, podrá hacerse una idea de cómo eran los transportes, como el mundo, de alguna manera, ya estaba globalizado; como el cólera era la epidemia del momento y como en las cuestiones tocantes al corazón eran bastante cursis. En definitiva, la carta es un testimonio de la historia. Y cómo la historia me gusta he intentado saber más sobre el destinatario de la carta y el emisor de la misma.

Sobre Carlos Carranza no he podido descubrir nada, pero creo que el receptor de la carta es un pudiente sahagunés que además de escribir un libro que en su momento fue muy polémico «La religión al alcance de todos» por el que seguramente fuera excomulgado – aunque para un ateo convencido como él, la sentencia debió darle lo mismo-, era conocido por su afición al juego y a la buena vida.

Lo que el Sr. Carranza no hubiese sospechado nunca es que cuatro años después del envío de la carta su «Afectísimo amigo» se convertiría en un parricida al asesinar a tiros a su hermano y a su cuñada por casi lo de siempre: Dinero.

La crónica del suceso se puede encontrar en la edición del 18 de octubre de 1888 del New York Times.

Solamente con lo que he encontrado habría material suficiente para escribir una novela: ambición, viajes, negocios, juego, glamour, sociedad… Y tentado he estado de empezar a hacerlo como mero entretenimiento, pero tengo bastantes folios sin terminar de otros temas y, de momento, ahí se queda.

Eso si, habéis visto como una carta puede dar mucho de sí y puede dar pie a que la imaginación vuele, que como ejercicio de creatividad está bastante bien.

Desde luego lo que está claro es que la señorita Fany se libró de un buen pájaro.

Aquí os dejo la carta que seguramente apareció en algún cajón de una mudanza

Carlos Carranza

Representing

C. Carranza & CO
De New York



Londres Septiembre 23 de 1884

Señor Don ROGELIO HERQUES


Querido Hispano amigo:

Las multiplicadas atenciones que me han rodeado en mis últimos tiempos de Nueva York, no sólo me han impedido comunicar a V. mi venida a este lado del gran charco, sino que me hasta me han hecho olvidarlo.

Ahora con el espíritu más tranquilo, cumplo este grato deber y le maquino estas líneas para decirle: aquí estoy.

Permaneceré en esta ciudad sólo por algunos días y enseguida me marcharé a Paris. – Pensaba pasar por la madre patria y tomar mi vaporeara Buenos Ayres en Cádiz ó en Lisboa, pero el maldito cólera me ha hecho cambiar de propósito, no por el miedo que él me meta sino por temor a las cuarentenas, peores que la peor epidemia. – Mi dirección en Paris á cargo de Rafael García, 6 Cité Rougemont ó de Ribón & Castro.

Por las playas de Yanquilandia, todos los amigos sin novedad, ni mas pobres ni más ricos, un poco más entrados en años solamente.

El Sr. Koppel y su agradable familia vinieron en el mismo vapor que yo, y buenos acuerdos que hicieron de V. sobre todo la simpática Fany en cuyo corazoncito parece que dejó V. un dardo envenenado. – Buena muchacha y que mentecato fue V. en no quedarse con ella! –Inteligente, bien educada, cuerda, dulce y cariñosa, es el tipo de la mujer que conviene a un hombre como V. Yo le daré noticias de sus movimientos en Europa por si acaso la casualidad los hace encontrarse de nuevo.

Y sin por ahora, quedo de V. muy resfriado

Afectísimo amigo
Carlos Carranza

4 comentarios:

Katy dijo...

Bonita entrada. Y comparto contigo esta manía del coleccionismo. Lo guardo todo, al final de los albumes de fotos como recuerdo. Hasta el billete del Metro si lo hubiera.Y eso que con internet he dejado de acumular tanto papel. :-)
Un saludo

Fernando López Fernández dijo...

Katy:

Me alegro de que te haya gustado. La verdad es que el ser humano , no se sabe bien por qué, tiende a acumular cosas, ya sean los apuntes de la universidad, cartas de proveedores domesticos (gas, kuz, teléfono etc..) y un montón de cosas que no se volveráb a utilizar.

un saludo

Myr dijo...

Qué historia! Impresionante!!! Traición, egoismo, codiciía, rencor..

Lei los enlaces,y mira tú ... 1888! Justo colqué una entrada sobre un Peugeout 1889, que te invito a visitar en mi blog de amores y relaciones.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr:

m alegro que te haya gustado. leere tu post y lo comentaré.

saludos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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