lunes, 17 de agosto de 2009

Jugando con fuego

Todos los veranos los telediarios abren varios días con la misma noticia. Sólo cambia el decorado, pero el resto parece calcado a las del año anterior. Me refiero a los incendios que consiguen que las vacaciones al final no sean tan dulces como uno pretendía. No sé si a los que pasáis por aquí os preocupa el asunto o si os ocurre como a mí que cada vez que se quema un bosque (me da lo mismo el lugar en el que se encuentre) me entra una especie de tristeza que durante unos días me deja un poco tocado porque veo que para determinadas cosas el ser humano no tiene solución. Y el tema de los incendios es uno de ellos.


Me hubiese gustado haber escrito otro post después de mis vacaciones, pero una noticia aparecida en la edición digital de El Mundo me ha llevado a escribir éste. En ella se comenta que la superficie forestal arrasada por el fuego alcanza ya las 84.000 hectáreas (algo más del doble del año pasado) y, casi con seguridad, está cifra se verá ampliamente superada en lo que queda de año. Una auténtica pena teniendo en cuenta que en los últimos años se había reducido la superficie forestal afectada por las llamas, debido en parte al aumento de los medios y dispositivos de extinción, a un mayor control por parte de las autoridades y ¿por qué no decirlo? al azar, la fortuna, la suerte o como quiera que se llame eso de librarse por los pelos o salir airoso de una situación en la que se lleva todas las papeletas para que se produzca la catástrofe: No es suficiente.


Si observamos las cifras publicadas por el Ministerio de Medio Ambiente, desde el comienzo de siglo hasta hoy se han visto afectadas más 1.037.000 hectáreas que para que os hagáis una idea se aproximan a la superficie del Principado de Asturias o Navarra y superan ampliamente las de otras comunidades como la de Madrid, Canarias, el País Vasco o las Islas Baleares; o 17 veces el término municipal de Madrid o 7 veces la ciudad de Londres.


Muchos son los motivos que pueden originar un incendio, pero parece ser que en el 96% de los casos, el hombre es el responsable de ello, consciente e inconscientemente, o lo que es lo mismo intencionada o involuntariamente. Desde agricultores que queman rastrojos para la limpieza de los terrenos, y regeneración de pastos a cazadores cobardes y sin escrúpulos que, con el fin de cobrar más fácilmente sus piezas, encienden el mechero sin cortarse un pelo; desde disputas familiares y vecinales, cuyo origen se encuentra en el rencor, el odio y la venganza a esa lista interminable de descuidos (colillas mal apagadas, vidrio y basura tirados, barbacoas y paellas descontroladas); desde fuegos artificiales que se pierden encendiendo todo lo que pillan a inocentes hogueras; desde tarados que se les llama pirómanos, pero tarados al fin y al cabo que disfrutan con el desastre a cuadrillas de extinción que siguen alimentando las llamas para seguir trabajando en tan lucrativo trabajo; desde ecocidas que convierten los árboles en papel de curso legal a través de múltiples y lucrativos negocios, a personajillos que con su silencio o su ceguera acaban siendo cómplices de la catástrofe. Mucha gente jugando con fuego y lo que es más grave, jugando no sólo con nuestro futuro sino también con el de futuras generaciones. Sin olvidarme, por supuesto, de las muertes y desgracias personales de aquellos que por una razón u otra se acercaron demasiado a las llamas.

Según Adena se produjeron 20.000 incendios al año en las dos últimas décadas, quemándose 150.000 hectáreas al año como media. Las pérdidas por jugar con fuego se cifran en 5.500 euros por hectárea quemada, lo que significa unos 1.500 millones de euros de pérdidas al año: Un dineral.

Parece ser que muchos de los incendios podrían apagarse y controlarse si los montes estuvieran más limpios.

Y yo, inocente de mi, hoy me pregunto qué pasaría si se invirtiesen una parte de esos 1.500 millones de euros en prevención de incendios, limpiando y vigilando nuestro patrimonio verde; elaborando un plan logístico y coordinado que permitiese a Ejercito, empresas privadas, y gobiernos central, autonómico, regional y local que facilitase la movilización y el desplazamiento de recursos en muy poco tiempo al lugar del desastre. No soy un experto, pero estoy convencido de que se puede hacer mucho más de lo que se hace a pesar de que haya gente a la que le guste jugar con fuego más de la cuenta.

Y lo que más me fastidia de todo es que el año que viene por estas fechas, seguiremos lamentándonos de que España se está convirtiendo en un desierto. Sólo hay que viajar un poco en tren y por determinadas carreteras para comprobar que nos estamos quedando sin bosques, sin flora y sin fauna. Nos estamos quedando sin sombra donde refugiarnos.

Y ya lo dice el refrán. «A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija»

No seamos tontos. En nuestra mano está cambiar las cosas. No quiero que me sigan amargando los veranos.

2 comentarios:

Katy dijo...

Los incendios para mi son un verdadero drama. Porque por poco que sepa uno de de que va si que es conciente del daño irreparable por décadas que se le causa a la naturaleza, flora y fauna del lugar. Amén para el ser humano. Comparto contigo el sentimiento de impotencia y de tristeza. Yo también me siento mal.
Un saludo

Fernando López Fernández dijo...

Asi es katy, perdemos mucho cada vez que se produce un incendio y , como dices, los daños pueden ser irreparables en decadas y cuando se trata de seres humanos no tiene arreglo ninguno.

Gracias por pasarte
Un saludo

Soul Business

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