martes, 30 de junio de 2009

La perspectiva viajera


Cada año procuro en los meses de verano hacer un viaje mínimo de tres semanas consumiendo prácticamente todas mis vacaciones semi perdiéndome por esos mundos de Dios. En estos viajes largos me gusta viajar sólo. Por convencimiento: quizás sea porque mi forma de entender el viaje sea diferente al de otras personas, quizás porque así puedo hacer lo que me venga en gana (dentro del lógico orden que imponen los horarios, los transportes y el presupuesto) y puedo hacer lo que más me gusta en los viajes que es observar y pasear la vida a mi aire.

El objetivo de estos viajes, no es desconectar, porque rara vez se consigue del todo: sea por una cuestión de trabajo, familiar, de los amigos…ya que inevitablemente (salvo que seas un budista pata negra que no tiene ningún apego) aparecerá durante tu viaje algún signo o referencia que te harán pensar bien en el trabajo, en la familia, en los amigos, e incluso en el frutero del barrio o el tipo que te pone las cañas en el bar de abajo. No se acaba de desconectar, todo lo más, tomarse pequeños respiros.

Puede tratarse de un proceso logístico que se podría implantar en tu negocio, de una desconocida manera de hacer promoción comercial que aumentarían tus ventas o de un milenaria costumbre por la cual se rigen los negocios desde tiempos inmemoriales y, también, ¿por qué no? de cómo no hacer las cosas. Eso en un orden, digamos prosaico. En un orden emocional, te acuerdas de los que quieres y, en algunos momentos, te gustaría que compartiesen contigo lo que estás viviendo: en otros, mejor que no. En muchos instantes de nuestro viaje vendrán a nuestra mente todas esas referencias estemos en un pueblucho, en una gran urbe o en la jungla. Y si no, ya nos encargaremos de consultar el correo de la oficina (¿por si acaso?), llamar a casa o enviar un SMS a una amiga o a un amiguete.

El objetivo, para mí, además de disfrutar de la belleza que nos ofrece el mundo y conocer otras gentes y culturas es, sobre todo, tomar perspectiva. Cuando hablo de tomar perspectiva lo hago pensando en dos ámbitos. Por un lado, tomar perspectiva en relación a cuanto te rodea en el día a día y poder desde la serenidad que te ofrece ese aislamiento elegido, reflexionar sobre aspectos que te incomodan o que crees que se podrían mejorar tanto en tu vida personal como profesional. La ventaja, es que no estás sometido a «ruidos» y eso te aclara bastante las ideas al permitirte ver todo, como digo, sin interferencias. Por otro lado, y más importante, porque es la que te ayudará a desarrollar la anterior, se encuentra la perspectiva interior que es aquella en la que no nos miramos a menudo y la que verdaderamente nos dirá quiénes somos.

Los viajes solitarios son una manera estupenda de conocerte. No por los momentos de soledad que son muchos y variados sino porque debes tomar decisiones en entornos desconocidos, porque te asombras con tus propias reacciones ante lo que va surgiendo, porque pensabas que eras de una manera y actúas de otra. En definitiva, porque los viajes te ofrecen la oportunidad de descubrirte y de buscar el sentido de tu vida.
A algunos les gusta conducir. A mi me gusta viajar. Por todo eso que he contado y por lo que cuento más abajo: porque es la forma en que se cumplen mis sueños que no son otros que seguir disfrutando de la belleza de la tierra, de sus gentes, de la imaginación y el deseo. Y es que se puede viajar de muchas maneras.

Os dejo la introducción del diario de viaje Soul India

Cuadros y libros de viaje

Mis viajes habían comenzado de niño, con un libro de pintura y la colección Fauna de Salvat. En casa, lo único que sobraba eran libros, y yo, me entre-tenía recorriendo estanterías y muebles venidos de herencia con los dedos, subiéndome a un taburete, a una silla, para tocar las palabras que se encerraban en nuevos, viejos, ignorados, leídos o deshojados libros. Acercaba un libro a la nariz y lo olía. Pasaba la palma de la mano y sentía el tacto de un papel que unas veces era grimoso; otras, suave; otras con relieve y otras quebradizo. Me llamaban la atención los grabados hechos a plumilla en el que los trazos eran fotografías que plasmaban el alma de una mirada. Me fijaba en los retratos de hombres, mujeres y niños que me parecían feos; no veía esas caras, esas expresiones, más que en cuadros —ni mis padres ni mis hermanos ni mis familiares ni los habitantes de la ciudad eran así—; en televisión tampoco; pero en sus enigmáticas miradas ocultaban una invitación a viajar al pasado: al origen de nuestro presente.

Cogía ansioso los libros; de tres en tres: quería más de uno. Viajaba a África y me convertía en guerrero Masai. Los pigmeos eran como yo: seguro que los podía. Descendía el Orinoco, y luchaba con panteras y gigantescos mosquitos, mientras el húmedo calor de la jungla mojaba mi ropa. Me sentaba con los borrachos de Velázquez, y esperaba turno para comer el huevo frito que una vieja freía en un caldero. Participé en varias batallas, y a pesar de lo que diga la historia, en Lepanto lo pasamos fatal. Navegué con Elcano y durante un tiempo fui grumete en un bajel pirata. Vi las atrocidades de Cortés y de los Aztecas. Fui prisionero de Zenda, y en una venta conocí a Sancho Panza. Allí, Rinconete y Cortadillo desplumaban a un arriero de barba de seis días, de corta inteligencia y mucha bravuconería.

Todo eso lo vivía yo, mientras un viento y frío de bajo cero eran carceleros que impedían salir a jugar a la calle en los helados días de invierno de una ciudad amurallada que quedaba muda y se refugiaba en ella misma a la espera de una primavera, que siempre tardaba en llegar. En esos gélidos y duros inviernos de ropa de lana y pana, de pies congelados, de gente seca y agazapada, empecé a viajar desde una caldeada habitación, donde dos cuadros de hermanos que nunca los separamos me ayudaban a elegir: «ese sí, ese no...»

Viajar no es solo cuestión de dinero: no es estar ni ir; no es ver y contar. Viajar es imaginación, es deseo, es simplemente vivir desplazado.

Y hoy, recordando esos días y los que vinieron, paso las manos por mis ojos y las deslizo por la cara hasta llegar a unos labios que se sonríen y que comprenden que los sueños se cumplen. Me iba a la India.

Un cuadro, un libro que tenía pendiente.


4 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Sí, en efecto, se puede viajar de muchas maneras. Te sugiero la del "serpa". Consiste en un apartamento playero, esperar con un calor asfixiante a que tu esposa termine de acicalarse, después de haber preparado a los niños, tras el desayuno, vestirles, peinárles, buscar el cubo, la pala... Por fin cargado de sillas, sombrillas, flotadores, la cesta con agua y algo de comida para los peques, buscar sitio en la playa; por fin lo encuentras. El sol te achicharra, el chiringuito pilla lejos y está mal visto que lo visites... Y así unos cuantos años. Luego crecen y se van de casa. En fin, otra forma de viajar. Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Ja ja ja. Muy bueno Rafa. Precisamente estuvimos hablando Susana, Nico, Gonzalo y yo, sobre si viajarias de una manera u otra.
Un abrazo

Cubelli dijo...

al fin y al cabo tambien podemos viajar sin salir de casa, solo basta pasarse por vuestros blogs y ademas, sin maletas, esperas, gasto innecesario y coo no con una cervecita fresca y puesta a tu gusto acompañandote en este viaje.thanks por seguir viajando.abrazos

Fernando López Fernández dijo...

Cubelli, gracias como siempre por pasarte por aqui y por acompañarme también en ese apasionante viaje empresarial en el que estamos metidos.
Un abrazo amigo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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