lunes, 29 de junio de 2009

Huida de la caverna

Tres amigos estaban haciendo una interesante excursión por los amplios alrededores de su localidad. Cuando pasaban al lado de una colina, vieron en su cima a un hombre sentado en solitario. ¿Qué hará allí ese individuo?, se preguntaron. Cada uno expuso su interpretación:
—Con toda seguridad está extraviado y permanece a la espera de que alguien pase por allí y pueda orientarle —dijo uno de los amigos.
—No, lo que yo pienso —intervino otro de los excursionistas— es que se ha sentido indispuesto y se ha sentado a reponerse.
—Estáis seguramente equivocados —repuso el tercer amigo—. Tened la certeza de que está esperando a alguna otra persona que se está retrasando en la cita.
Y así, cada uno empeñado en su versión, comenzaron a porfiar, hasta que decidieron trasladarse a la cima de la montaña y resolver sus dudas, a la par que saciaban su curiosidad.
— ¿Te has perdido? —preguntó el que mantenía tal versión.
—No —repuso el desconocido.
— ¿Estás indispuesto? —preguntó otro amigo. —No.
— ¿Estás esperando a alguien? —inquirió el tercer excursionista.
—No.
Entonces los tres amigos, desconcertados, preguntaron al unísono:
— ¿Y qué haces aquí?
Y el desconocido repuso apaciblemente: —Simplemente, estoy.
Esta pequeña historia en la que como habéis leído todo y nada puede ser lo que parece, nos muestra cómo el ser humano tiende a equiparar percepción con razón. Por decirlo de alguna manera, tiende a conformarse con una visión de las cosas, dando por hecho que lo que percibe o ha aprendido constituye la certeza, y en ella apoya todos sus razonamientos.

Platón lo explicó bastante bien en «El mito de la Caverna» que (no sé si ahora), era de obligada lectura en las clases de filosofía de cualquier instituto. En esta alegoría nos cuenta como el hombre, en definitiva, sólo puede conocer lo que ve; que a menudo son imperfecciones que se toman como realidades. Según él, la razón es que el alma humana está encadenada, como si de un prisionero se tratase, a las cosas terrenales que son sensibles e imperfectas. A medida que conoce otras realidades, va descubriendo que lo anterior no eran más que sombras de la realidad, reflejos o imitaciones de la verdad, y que sólo cuando se sale a la superficie; es decir, cuando se ve la esencia de las cosas, se está en disposición de alcanzar el conocimiento verdadero - al que Platón llamaba Episteme- y, en consecuencia, el mundo ideal.

Sin embargo, ese mundo ideal, y que me perdone Platón, a día de hoy, (y hay que ver lo que ha llovido desde que escribió La República) es Ciencia Ficción, porque, como en la anécdota de arriba, el ser humano hace uso de la opinión basada en su percepción y no en su conocimiento y, generalmente a aquellos que buscan liberarse del mundo sensible (de la caverna) les tachan de locos, iluminados o casas peores: sólo hay que darse un paseo por la historia para comprobar como casi todos los que escapaban de la caverna sufrieron en sus carnes o en sus almas la persecución y el castigo de otros prisioneros.

También se da el caso de que la opinión o el razonamiento de las cosas, viene inducido por la percepción y opiniones de otras personas, dificultando el camino hacia la superficie donde se encuentra el conocimiento. En este supuesto, es como si el hombre fuese una garrapata que sólo se nutre de un mundo ajeno, y el conocimiento adquirido exclusivamente a través de otros no fuese más que sombras de otras realidades, unas pobres copias que se difuminan a medida que la luz se aleja.

Pero lo que más preocupa de todo es que haya gente que siga encadenada, por voluntad propia, sin querer huir de la caverna, sin querer descubrir por si mismos como se funde razón y alma; por esa comodidad del «que piensen ellos»; por un dejarse llevar a esa alienación, (paradojas de la vida), a las que intenta someternos esta sociedad individualista que ha creado respuestas segmentadas para cada uno de nosotros, siempre y cuando, eso sí, no se nos ocurra salir de la caverna o salirnos del camino marcado.

Y así, es muy difícil llegar al mundo de las ideas.

Al menos los protagonistas de la historia tenían sus propios criterios. Os dejo un video sobre el mito de la caverna bastante bien explicado.


4 comentarios:

Josep Julián dijo...

Me parece que has expuesto muy acertadamente el asunto. El crecimiento de la dimensión de nuestro conocimiento es algo que parte de una primera voluntad y que luego hay que acompañar con ayudas solicitadas u ofrecidas. Nadie puede reflexionar sobre algo que no le es dado conocer y sin las enseñanzas de otros.
Desde luego, ya se me había olvidado lo mal que me explicaron el mito de la caverna.
Un saludo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Josep Julian, gracias por pasarte. Como dices “el crecimiento de la dimensión de nuestro conocimiento es algo que parte de una primera voluntad”. Y, desgraciadamente, me da la sensación de hay mucha gente que no tiene esa voluntad.

Un saludo

Rafa Bartolomé dijo...

Como bien comentáis la voluntad debe ser el primer eslabón para adentrarnos en el conocimiento. Sin voluntad poco o nada se puede hacer. Siempre digo que para terminar algo primer hay que comenzarlo. No obstante creo que también la intuición de cada cual incide en que tengamos voluntad para hacer una u otra cosa. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Rafa, para mi la intuición es un motor que ayuda a la voluntad, pero no suficiente. De hecho intuimos muchas cosas, pero no actuamos por falta de voluntad. En cualquier caso me quedo con "para terminar algo primer hay que comenzarlo"

Un abrazo

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