domingo, 14 de junio de 2009

El alma de las ciudades


Hay ciudades que por alguna razón te enamoras de ellas nada más pisarlas; otras se te hacen antipáticas y decides salir de ellas aún a sabiendas de que intuyes que merecen otra oportunidad; pero también están aquellas con las que estableces una relación de amor – odio que traspasa la lógica natural. En cualquiera de los tres casos quedarán en tu memoria. Cada persona es un mundo y seguramente si se elaborase una lista entre los lectores de este blog los resultados serían muy diferentes. Así, una ciudad como Londres aparecería en las tres categorías citadas dependiendo de quien respondiese: incluso podría abrirse un interesante debate en el que cada cual argumentase las razones de su elección. Evidentemente, se trataría sólo de un juego cuya utilidad residiría en el entrenamiento de la retórica y en la evocación de los recuerdos viajeros.


Hace tiempo descubrí (si a esto se le puede llamar descubrimiento) que en realidad lo que hace catalogar en una categoría u otra a las ciudades es la experiencia que hayas tenido con ellas. No importa el número de atractivos turísticos que tenga (que todas las guías, libros y consejos te dirán que son imprescindibles y que no te lo puedes perder), ni el «otros lugares de interés» (que en muchas ocasiones justificaría ese lugar la visita) ni la gastronomía local, ni si hay sitios para tomar copas, ni si es famosa por una industria (x) o una artesanía (y): lo que queda es la experiencia que hayas tenido durante tu estancia que siempre viene marcada por las relaciones que hayas mantenido o por la impresión que te produce la población local.

Estas relaciones se pueden dar de muchas maneras: un guía que te orienta o te enseña los monumentos; el recepcionista o el conserje del hotel que te ofrecen «su información»; los vendedores ambulantes que merodean alrededor de los museos, las iglesias y las ruinas; los de local fijo y desgravación del IVA; el taxista; el camarero al que le pides «one more please»… gente con la que es casi imposible que no mantengas una conversación o una relación comercial; pero también con aquellos que no viven de ti (y de unos cuantos miles más: es decir del turismo) y a los que francamente les importa poco que seas español, francés, turista o tu profesión y el estado de tus finanzas y con los que mantienes relación por temas burocráticos o porque se ha generado la suficiente confianza entre las partes para establecer una conversación o una fugaz amistad.

Pues bien, desde mi punto de vista, cuando se limita este contacto con la población local, evitando la inter actuación, estamos desaprovechando la oportunidad de profundizar y ampliar nuestro conocimiento sobre el lugar, engañando a nuestra percepción porque vemos pero no entendemos, juzgamos pero no escuchamos, sentimos pero no sabemos qué. En definitiva no experimentamos y nos quedamos con una mirada del lienzo (que nos puede gustar o no) que ni por asomo, será un reflejo de la ciudad.

Para saber si una ciudad gusta realmente se debe visitar su alma y su alma lo configura para bien o para mal el conjunto de sus habitantes, de sus gentes; sus costumbres, sus deseos, sus preocupaciones, sus sueños y sus esperanzas…

Y esto no es un consejo, es una sugerencia fruto de muchas reflexiones y algunos (menos de los que quisiera) paseos por el mundo.

2 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Estoy de acuerdo en que el alma de las ciudades debe residir en sus habitantes, pero me atrevería a ir más allá. Las ciudades deberían construirse, como los edificios, al servicio de las personas, y de eso, por desgracia se ve poco en ellas; si acaso me quedaría con algunos pequeños núcleos que perviven entre las "ruinas" que se han creado a su alrededor.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

El problema Rafa es que las ciudades rara vez se construyen para el servicio de las personas.Luego hay que ir adaptandolas, pero cuesta más.

Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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