martes, 23 de junio de 2009

Desiertos: Donde renace la vida


No lo puedo remediar y tampoco tengo intención de hacerlo: me gustan los desiertos. Tampoco es que sea un Tuareg ocasional o un nómada que se desplaza de oasis en oasis, ni tampoco me iría a vivir allí durante una larga temporada; pero si reconozco que ejercen sobre mí una poderosa fascinación que me atrae y me incita a, de vez en cuando, darme aunque sea un breve paseo. No importa cuales sean las características del mismo, si de arena o de roca o de casi nada; pero me gustan aunque en los desiertos apenas llueva (no hablo de la tundra ni del Ártico ni de la Antártida, que en sí son desiertos) y eso, teóricamente, dificulta el asentamiento estable del hombre en los mismos, porque el agua es la esencia de nuestra vida y sin ella no se puede sobrevivir. En cuanto a la escasa fauna y flora que se pueden encontrar en ellos, llevan adaptándose desde hace siglos a las duras condiciones (que impone un ecosistema que, por no dar, no da ni los buenos días), atesorando y racionando cada gota de agua como si fuese la última que existiese en el Universo.

A pesar de esa escasez de agua, de la aparente monotonía de la nada, de la soledad, de las extremas temperaturas y de las incomodidades me gustan; a pesar de que sean lugares inhóspitos donde sólo unos pocos hombres se atreven a vivir; o quizás sea por eso, porque el desierto es un lugar que el hombre ha sido incapaz de conquistar y modificar, un lugar que impone un mayor respeto que otros ecosistemas tan poderosos como el amazonas donde la flora, la fauna y el hombre están siendo devorados por el mismo hombre: lo cual no deja de ser una paradoja que un sitio donde no hay casi nada domine al hombre y un sitio donde los peligros, enfermedades etc. se pueden encontrar en cualquier parte y momento esté siendo vencido por los hombres.

Tres son las cosas que me fascinan de los desiertos y de ahí el título del post.

La primera de ellas es su belleza e inmensidad; la sensación de que no hay final, de que las cosas no tienen ni inicio ni fin y que estas se transforman con cada golpe de viento con una luz que dependiendo del instante modifica la percepción de las cosas. Y precisamente es por eso, porque lo ves como un todo y no como una parte y ese todo, a su vez, es un conjunto de formas, de momentos que se funden sin que apenas lo notes seduciéndote de tal manera que puedes quedar hipnotizado.

La segunda de ellas se refiere a la capacidad de adaptación de sus moradores. Por un lado la flora y fauna que se aferran a la vida intentando buscar su propia supervivencia, desarrollando o mutando (que nunca fui de ciencias) sus organismos hasta conseguir renacer una y otra vez. Muchos pensareis que precisamente en eso consiste «El Ciclo de la Vida» y que flora y fauna tienen la ventaja de no tener que enfrentarse al hombre, pero no es menos cierto que las posibilidades de reproducción pueden ser menores si al desierto le da por moverse, atacar o modificar el paisaje, haciendo desaparecer u ocultando los recursos para su supervivencia. Por otro lado, los hombres que lo han elegido como hogar desde hace siglos y que demuestran su profundo amor por el mismo, moviéndose si hace falta pero no abandonándolo. Me fascinan esos hombres que han aceptado vivir bajo unas condiciones que obligan a superarse cada día, estableciendo un pacto con la tierra más desnuda y pobre en la que nada es fácil y a la que sólo piden lo esencial para vivir. Gente que sólo se rige por las reglas de la naturaleza y por códigos donde palabras como tradición, hospitalidad y desarrollo sostenible (no agotar los recursos para el futuro) van de la mano: gente que quizás no sepa leer ni escribir pero cuya tradición oral ha creado algunas de las más bellas historias y reflexiones del mundo.

La última, es la relación que tiene uno mismo con el desierto cuando se adentra en él. Una relación marcada por las contradicciones en las que se pasa de experimentar una agradable sensación de libertad, a la de creerte prisionero de ese mundo que desconoces; una relación basada en un silencio que te habla mientras miras el paisaje, que te cuenta cosas de tu vida que ignorabas, que te hace reflexionar. Y, allí, mirando, absorto en tus pensamientos, con la única compañía de la arena, de la roca, del viento, o charlando por gestos y miradas con algún hombre del desierto, descubres que la soledad en realidad es un estado de ánimo, que la gran parte de nuestros problemas surgen por ruidos que nos impiden pensar con claridad, que estamos muy contaminados por los caprichos, por los pensamientos negativos, por las dudas, por los miedos…

El desierto nos ayuda a buscar la armonía también en nuestras vidas y esto de alguna manera, es volver a nacer.

2 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Querido Fernando. Después de leer tu magnífico artículo sobre los desiertos, creo, algo que ya suponía, que lo que realmente te gusta, es vivir.Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Creo Rafa, que a todos nos gusta vivir, lo que pasa es que quizá alguno lo hagamos más intensamente en todos los sentidos.

un abrazo

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