miércoles, 24 de junio de 2009

De velocidad, de tecnología, del alma y de la mente

Un explorador blanco, ansioso por llegar cuanto antes a su destino, en el corazón de África, ofreció una paga extra a sus porteadores para que anduviesen más de prisa. Durante varios días, los porteadores apuraron el paso. Una tarde, sin embargo, se sentaron todos en el suelo y posaron la carga, negándose a continuar. Por más dinero que les ofreciese, los indígenas no se movían. Finalmente, cuando el explorador pidió una explicación por aquel comportamiento, obtuvo la siguiente respuesta:

Hemos andado demasiado de prisa, y ya no sabemos ni lo que estamos haciendo. Tenemos qué esperar a que nuestras almas nos alcancen

Este es uno de mis relatos preferidos del libro Maktub de Paulo Coelho. De él he sacado dos interesantes conclusiones o enseñanzas, (que como cualquier reflexión y opinión pueden ser matizadas e interpretadas desde otros puntos de vista): la primera de ellas es que el dinero no es suficiente para motivar al ser humano, no siendo la única razón que le impulsa a trabajar - excepto, claro está, en los casos de la gente que no cree que el trabajo contribuya a su realización personal y en el de aquellos que sólo creen ser felices si sus pupilas como el Tío Gilito contienen el símbolo del dólar.

La segunda, sobre la que trata el post de hoy, es que tanta híper velocidad, tanto superpoder, no debe ser muy bueno para la salud de nuestro cuerpo y nuestra mente y, por supuesto, de nuestro alma.

Ayer hablaba del desierto y de lo que representa para mí. Pues bien, una de las cosas que me gusta de él es que me permite que mi alma vaya siempre al lado de mi mente. No es que no sepa lo que estoy haciendo, como les ocurría a los porteadores de la historia, sino que tengo la sensación de que a cuanta más velocidad vamos (que en una gran parte del mundo no se libra nadie), menos conexión hay entre la mente y el alma (si la hay, que creo que sí).

Vivimos acelerados; a toda leche, pidiendo créditos al banco del tiempo; único banco universal que se caracteriza por prestar cada día la misma cantidad a todos los seres de la Tierra, que no pide avales ni cuentas ni devolución, ni intereses, ni te embargará. No pide explicaciones, la única condición que pone es que no exijas más de lo que concede diariamente, y te avisa de hagas lo que hagas se consumirá, no se acumulará y nunca te ampliará el crédito, ni siquiera una décima de segundo más. Aún así, nos empeñamos en forzar la máquina sin darnos cuenta de que cuanto más deprisa vayamos, menos capacidad de análisis y reflexión tendremos, convirtiéndonos en autómatas que un día tuvieron alma. Y esto, no debe ser muy bueno

Las últimas dos décadas con la popularización de Internet y el desarrollo de la tecnología, nuestra forma de vivir y de pensar ha cambiado definitivamente. Su uso nos ha hecho más rápidos, más efectivos; nos ha permitido ampliar y compartir el conocimiento, acceder a negocios y oportunidades, a tomar decisiones más rápidamente (no necesariamente mejor) y a, teóricamente, tomar el control de nuestro trabajo y de nuestro ocio de una manera fácil al poder contrastar la información de varias fuentes. Todo en tiempo real, pudiendo interactuar con todos, para todos y contra todos. Lo que hace años se resolvía en meses, ahora se resuelve en semanas; lo de semanas en días, lo de días en horas y lo de horas en minutos, aunque también hay cosas que tienen mal arreglo y difícil solución.

Es como si fuésemos pollos enjaulados atiborrados de pienso; como peces de piscifactoría, a los que han puesto un exceso de cebo y no saben cual es su misión en la vida; como ese tomate, ese calabacín, ese pimiento que acaba sabiendo a pepino o como esa lechuga que sabe a nada. Nos estamos convirtiendo, como ocurre con los anteriores, en seres insulsos, seres sobrealimentados, en nuestro caso de opciones, que nos impiden pensar con claridad, seres que nos dejamos llevar por la vorágine tecnológica que convive con nosotros en el ámbito laboral, pero también en el social.

Quizá sea esa una de las razones, por la cual las enfermedades mentales están aumentando considerablemente y la gente pierde, además de los papeles, la capacidad de discernimiento y el alma, que viendo que no es demasiado compatible con la velocidad, prefiere pararse en la fonda más cercana a descansar.

Vivimos en la sociedad de la urgencia, de la inmediatez, de la solución y respuesta inmediata y, cuando éstas no llegan nos ponemos nerviosos. La libertad que nos han aportado estos avances, paradójicamente también nos ha esclavizado, y no sé hasta que punto estamos preparados para asimilar y convivir con tanta tecnología, porque el alma nos va abandonando: no puede seguir esos acelerones de despropósitos a los que nos someten o nos sometemos y debemos evitar que se rezague porque la necesitamos a nuestro lado si no queremos olvidar quienes somos.
Cada vez nos parecemos más a esos operadores de bolsa que antiguamente se veían en el parqué gritando y gesticulando, con un ritmo frenético e inacabable que no ofrecía un instante para tomarse un respiro. Se nos está «yendo la olla» y me temo que esto no ha hecho más que empezar. Seguramente en pocos meses o años (que ahora se trabaja a corto principalmente) batamos otro record de velocidad laboral que nos hará más operativos, pero seguramente más infelices. Siendo conscientes de esto, se hará necesario encontrar pequeños huecos que nos permitan respirar, que nos permitan «desconectar o desenchufarnos» para tomar otra perspectiva de nuestra existencia y, sobre todo, no volvernos locos. Nuestra mente y nuestra alma nos lo agradecerán.

5 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Tu post me ha hecho recordar algo que leí en los años en que me dio por estudiar. Séneca en su obra "De la brevedad de la vida" apostilla: La vida, como algo que hacemos nosotros mismos, no es en sí corta ni larga sino más bien en nuestra preocupación por ella.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Muy buena frase Rafa. Somos nosotros quienes creamos nuetsra aporpia percepción de la vida.

un abrazo

Josep Julián dijo...

Yo yo añadiría: no debemos llenar la vida de años sino los años de vida.
Ojalá que sepamos escuchar nuestro propio tempo, como el de los negros que se pararon a esperar a que les alcanzara su alma.
Un saludo.

Fernando López Fernández dijo...

Gran reflexión Josep Julian. Como dices, ójala supiésemos escucharnos, pero bastantes veces hay mucho ruido a nuestro alrededor que nos lo impide. Gracias por tu participación.
Un saludo

Katy Sánchez dijo...

También me he identificado bastante con tu percepción. Las prisas, la carrera alocada nos hace pasar superficialmente por encima de todas las cosas y nuestras experiencias no son lo que debieran ser.
Para saborear la vida y la belleza de los que nos rodea necesitamos ralentizar e ir más despacio, y no pasar con mirada de buey por ella.
Bss y buen finde

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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