lunes, 8 de junio de 2009

Cosas que se pierden: las cartas manuscritas

Cada vez hace menos ilusión abrir el buzón. Invariablemente y dependiendo de si es primeros, mediados o últimos de mes el contenido suele ser el mismo: cartas del banco que te recuerdan que tu cuenta ya no es corriente sino vulgar, del montón; cartas de la compañía del gas, de la eléctrica, de la compañía telefónica…que no son más que facturas en las que además de comentarte cual es tu consumo y recordarte que por la Orden Ministerial número barra punto te van a subir las tarifas, te invitan a una nueva promoción impresa en cuatro tintas o te cuentan en plan responsabilidad social y compromiso con la Sociedad que el planeta está en peligro y que hay que ahorrar para que el Amazonas no desaparezca- en esos casos suelo pensar: «pues deja de enviarme tanto papel y lo que te ahorres lo empleas en causas que lo eviten.»
Son cartas frías que no ganan en calidez ni aunque pongan el estimado Sr., Querido amigo y parezcan firmadas por el mismo presidente de la compañía. Completan el buzón, alguna suscripción a revistas, semanarios, cartas de otras compañías que poseen tus datos por no haber marcado la casilla correspondiente o por haber pasado de leer la letra pequeñas de los anteriores y una retahíla de ofertas de restaurantes chinos que aseguran te servirán la comida en menos de 45 minutos aunque estén en la otra punta de Madrid, de clínicas dentales que te dan un montón de prestaciones gratuitas y luego te clavan para que se te quede una sonrisa o una cara de tonto cuando tienes que pagar: y así más y más papel que te dan información sobre si el calabacín sube o baja, de que es hora de cambiar de muebles, comprar un apartamento en Torrevieja, o de que hay fulanos que tienen precio sin competencia y te hacen un presupuesto sin compromiso. Es decir, papel, papel y más papel que, a excepción de las suscripciones, no me aportan nada porque o bien consulto el estado de las cuentas a través de Internet o siempre hay alguien llamándote a cualquier hora para recordarte las promociones. Además, si quiero comida china, Tex Mex, Mex Thai, Japonesa, Pizzas etcétera, ya me buscaré la vida, y un panfleto para una decisión de compra importante (seguros, dientes, muebles, reformas…) no es suficiente para que corra hacia el teléfono.

Pero sí hay algo que echo de menos en los buzones: Las cartas manuscritas que te enviaban familiares, amigos, amigas y las menos veces, chicas que se habían enamorado de ti y tímidamente te confesaban que no podían vivir sin ti, a menudo escribiéndolo de una manera tan cursi y afectada que no podías por menos que sonrojarte ante la enamorada caligrafía de quien por lo visto se moría por tus huesitos. Y es que, bromas aparte (seguro que yo escribí alguna en ese tono, pero como mi memoria para algunas cosas es frágil…) las cartas tenían algo mágico. Traían buenas o malas noticias; lo mismo te henchían de alegría que te entristecían, albergaban esperanza o desilusión.

Se abrían con cuidado aunque con el ansia lógica de quien sabe que entre las manos tiene algo importante; se leían y releían y, si el asunto no era demasiado personal, se hacía partícipe a los más cercanos del contenido; algunas de ellas se escondían como un tesoro desenterrándolas para otra lectura; otras eran olvidadas en cajones y archivadores, amarilleando y ajándose entre papeles y fotos viejas.

Muchas amistades se construyeron y fortalecieron renglón a renglón. Las cartas acercaban a la gente. A veces la lejanía era mucha y la frecuencia de contacto poca, pero emisor y receptor se sentían muy cerca; uno al escribir y otro al leer. Se podía advertir en ellas la intensidad de la escritura, si el trazo era firme o si, por el contrario, se borraría rápidamente de la cuartilla; la personalidad de quien escribía; si había corregido o tachado lo que iba a decir, bien por arrepentimiento, bien por una cuestión de estética; el papel y sobre utilizados, si eran acompañados de algún aroma, o de alguna foto o un pequeño objeto o recuerdo. Pero, sobre todo, se decían cosas importantes; no como ocurría con las postales que quizá por espacio, porque no solían ir dentro de un sobre (pudiendo dejar mucha información a un cartero indiscreto) o porque son un invento del turismo y sólo sirven para reafirmar que uno ha estado en algún sitio, que se lo está pasando muy bien y preguntar qué tal están todos (como si se fuese a responder), las cartas eran transmisoras de sueños, ideales, información pero, como decía más arriba, cercanía.

La tecnología está acabando con ellas, el móvil, Internet con el email y la mensajería instantánea nos permiten hablar o comunicarnos estemos donde estemos pero ha perdido esa magia, esa intensidad de incertidumbre que producía rasgar el sobre y recrearse en la lectura. Ahora tenemos la posibilidad de comunicarnos con una mayor frecuencia y la facilidad de contacto está al alcance de todos (de una forma u otra estamos localizados) pero ésta, parece que está dominada por las urgencias escribiendo casi de postal y no dedicándole el tiempo, esfuerzo y dedicación que merece nuestro interlocutor: como se hacía antes.

Actualmente los carteros apenas entregan un puñado de ellas, escritas no por los últimos nostálgicos sino por aquellos que entienden que uno de los mejores regalos que puede recibir alguien hoy es una carta manuscrita que siempre, hace ilusión.

Y ahora lo dejo que tengo que buscar un buen papel y empezar a escribir

4 comentarios:

Pedja dijo...

No recibí muchas cartas del tipo de las que habla pero, efectivamente, las cartas tienen algo mágico. Ahora tenemos los blogs pero no es lo mismo, me pongo a escribir una carta... abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Asi es Pedja. Un día reproduciré una del siglo pasado (no mía claro) que tengo y que su lectura, además de curiosa nos da una idea de cómo eramos.

Gracias por venir y apuntarte a seguidores . Un abrazo

Rafa Bartolomé dijo...

Fernando en mi caso, nunca recibí una carta de esas amatorias; ni una nota tan siquiera, pero tienes razón las echo de menos (las cartas en general, digo). Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Bueno, yo tuve algo de suerte, pero eso se acabo hace mucho, mucho tiempo. De las otras recibí bastantes y las echo de menos también.

Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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