lunes, 25 de mayo de 2009

Si hacer justicia fuese tan fácil

No hay día en el que los medios de comunicación traten como contenido principal, en muchas ocasiones de una forma parcial, los juicios que se celebran en España o en otros lugares del mundo. Es curioso, pero dependiendo del partido que esté en el poder defenderán, más que informarán, una postura, bien como abogados de la causa, bien como fiscales. A mí, que opinen, escriban estudiados editoriales o columnas prejuzgando los hechos, me da un poco igual. Más que nada porque al ser humano le gusta hacer conjeturas, adornar las historias y, sobre todo, crucificar aunque no existan o sean confusas las pruebas del delito.

El problema es que estas aseveraciones que se realizan son transmitidas como un virus entre toda la población provocando juicios paralelos que en no pocas ocasiones acaban influyendo en la clase política, que a su vez se apresura a presionar al poder judicial para que las resoluciones de estos casos sean rápidas y, preferentemente, favorables a quien demanda tenga o no razón. Sé que el mundo judicial es complejísimo y que la interpretación de la ley que haga el juez de turno puede, como ocurre en el mundo del fútbol, ser errónea, pero también no es menos cierto que hay algo que no está funcionando bien en el sistema. Demasiada lentitud en unos casos, demasiada premura en otros; demasiadas sentencias desproporcionadas para bien y para mal; no sé, demasiada relativización…

Por otro lado, como es lógico y natural (aunque no sea lo correcto) los acusados y sus abogados no ayudan mucho en aclarar las situaciones montando quilombos cuando las cosas se ponen mal. Así, muchos inocentes han sido condenados y privados de su libertad y de su dignidad, mientras los verdaderos culpables brindaban a su salud. Insisto que desconozco casi todos los entresijos de ese apasionante mundo donde todo es lo que parece, y nada es lo que parece, siendo todo y nada lo que la conciencia, las leyes o Dios le dé a entender al juez.

Os preguntareis, o a lo mejor no, ¿a santo de qué? Os cuento esto. Pues bien, hace tiempo leí un cuento en Internet que lo copie y que habla de cómo ejercer justicia rápida y eficazmente. El método es ingenioso, pero me temo que ninguna de las partes implicadas estaría dispuesta a someterse a este tipo de justicia que lo único que pretende es la búsqueda de la verdad. Os dejo el cuento.

La prueba de la campana

Tras la denuncia de un robo, varios sospechosos fueron detenidos y sometidos a interrogatorios. Rechazaron unánimemente haberse involucrado en el caso y se declararon todos inocentes. Como no había pruebas, ni testigos que pudieran comprobar su culpabilidad, el juez iba a soltarlos cuando se le ocurrió una buena idea. Les dijo entonces a los detenidos:

—Fuera de la ciudad hay un templo budista famoso por su campana misteriosa. Fue obra de unos monjes muy inteligentes y es capaz de distinguir la verdad y la falsedad. Nunca ha fallado. Ahora veo que no tenemos más remedio que acudir a la sabiduría y la magia de nuestros antepasados para aclarar el caso.

Antes de salir, dispuso secretamente que se adelantara su ayudante para preparar la campana. Luego llevó a los presos al recinto sagrado. La campana mágica se encontraba en la parte posterior de la sala de los Reyes Celestiales. El juez hizo una reverencia solemne a la campana, tras lo cual ordenó a los presos ponerse de rodillas para rendirle el máximo respeto. Luego se dirigió a los presos.

—Para comprobar vuestra inocencia no tenéis más que entrar en la sala, poner la palma de la mano en la campana y decir mentalmente: «Yo no he robado.» Si realmente es así, la campana se mantendrá silenciosa. Pero si es mentira lo que decís, se oirá una fuerte resonancia, con lo que atestiguaremos vuestra culpabilidad. Ahora pasad uno a uno al interior de la sala y haced lo que os he dicho.

Los presos entraron individualmente para tocar la campana y jurar inocencia. Dentro de la sala había muy poca luz y no se veía muy bien la actuación de los detenidos.

Al cabo de un buen rato, salió el último preso, sin que la campana denunciadora sonara ninguna vez. Relajados y evidentemente satisfechos de la prueba, los presos esperaban que el juez los pusiera en la libertad. Sin embargo, el juez ordenó: ¡Enseñadme las manos!

Los presos le obedecieron sin saber el motivo. Allí comprobó el juez que todos tenían las manos manchadas de tinta negra, excepto uno que las tenía limpias. El juez lo señaló, afirmando con tono tajante: -¡Tú eres el ladrón! ¡Además, me has mentido!- El señalado trató de defenderse con una voz temblorosa: —No, señor, no... No he robado nunca.

El juez se echó a reír a carcajadas: —A decir verdad, la campana no sabe distinguir entre la verdad y la falsedad. Pero yo he dispuesto que la pintaran de tinta negra. Los que tuviesen la conciencia limpia, no tenía por qué temer, por lo que tranquilamente han puesto las dos manos en la campana para demostrar su inocencia. Sin embargo, tú, vergonzoso ladrón y mentiroso, no te has atrevido a tocar la campana por el temor a revelar tu vil condición. Por eso tienes las manos sin ninguna mancha negra.

Si hacer justicia fuese tan fácil

3 comentarios:

FAH dijo...

gran cuento fernando... se disfruta mucho con estas historias que no dicen nada pero dicen mucho... me la apunto. abrazo.

Rafa Bartolomé dijo...

Sí, buen cuento. Simple pero no sencillo. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

@ Francisco: Me alegro que te haya gustado. En muchas historias de estas se encuentran "claves y pistas"
Un abrazo.

@Rafa: Como dices, no es nada sencillo porque como dice Francisco dicen mucho.
Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...