viernes, 1 de mayo de 2009

Frank Capra: de vivir con miedo a comunicar esperanza.

Ayer hablaba sobre la tristeza que Nicolás Cubelli y yo percibíamos en las caras de la gente. Hoy en el metro, mientras esperaba el tren que circula hacia mi destino, decidí hacer una de esas investigaciones sobre campo que realizó para entretener los momentos muertos. Aún no habían llegado ninguno de los dos trenes y la gente esperaba silenciosa y cabizbaja. Incluso las personas que iban en parejas o grupitos permanecían silenciosas, cuando generalmente en los transportes públicos de Madrid se oyen continuos murmullos, se escuchan conversaciones, aunque no se pretenda, y los soniquetes de los teléfonos móviles no suelen dar un respiro: primera confirmación de que hay algo que no marcha bien. Después, al entrar en la estación el tren de la línea que viene del aeropuerto, me he ido fijando en los rostros de los pasajeros enjaulados en el vagón. He intentado localizar una sonrisa, una expresión de alegría, a alguien que moviese los labios, pero ha sido imposible. He conseguido divisar, eso sí, a tres o cuatro pasajeros con mascarillas y he conjeturado cuantos días pasarán hasta que lo extraño sea el no llevarla. En mi recorrido, en los tres vagones diferentes que he subido, en los pasillos para hacer los transbordos más de lo mismo. ¡Joder, que Madrid siempre ha sido una ciudad alegre! me he dicho a medida que paseaba entre la desilusión.

Confieso que en ocasiones esas sensaciones de tristeza, agotamiento y desilusión se apoderan de mi, pero como comenté en «Who Can? Who Want?» I can I want, y «El soldado herido» me niego a no intentar ser feliz, pues ya se sabe que la felicidad es sólo un estado de animo. Mi naturaleza pragmática me ayuda a ello. También me está viniendo muy bien leer un libro que Nico me ha prestado «El nombre delante del título», una autobiografía de Frank Capra del que se extraen interesantes reflexiones sobre cómo afrontar con optimismo las situaciones críticas y que, de alguna manera fue el origen del post de ayer, pero que al final, por eso de que me voy liando y liando, tenía sueño y aún debía leer un rato antes de dormir, modifiqué dejando medio escrito lo que viene a continuación.

Hubo en la carrera de Capra un hecho que transformó su modo de pensar:
Tras ganar cinco Oscars por la película Sucedió una noche, el miedo a que su siguiente película fuese un fracaso se apoderó del director. La angustia de no volver a ser brillante, el «qué dirán» la crítica y público, y el olvido, la derrota le sumió en una depresión huidiza que le llevó a fingir una enfermedad con el fin de eludir sus compromisos. Lo que empezó como una charada, se convirtió en una enfermedad real que le postró en la cama durante un tiempo. Fue tratado por diferentes especialistas que no se ponían de acuerdo sobre el diagnóstico y tratamiento a seguir. La salud de Capra empeoraba haciendo temer lo peor. Un día un hombre perteneciente a la iglesia de la ciencia cristiana le visitó, en contra de su voluntad, por recomendación de un amigo común.

Su diagnostico fue el siguiente: - Señor Capra, es usted un cobarde. El director no entendía que le quería decir. En la radio sonaba la voz de Hitler en una de sus histriónicas arengas.

El hombre le dijo: Ese hombre, está intentando envenenar al mundo con su odio. ¿A cuantos puede hablarles? ¿A quince, a veinte millones? ¿Y durante cuánto tiempo…, veinte minutos? Usted, señor, usted puede hablarles a cientos de millones durante dos horas…, y en la oscuridad. Los talentos que usted tiene no son auto adquiridos, Dios se los dio para que los usase en Su beneficio y en el de la humanidad y cuando no lo hace está ofendiendo a Dios y a la humanidad.

La reflexión caló hondo en Capra, que hasta entonces no había sido una persona especialmente humilde y tras un rato de reflexión decidió que se había acabado la enfermedad. A partir de ese momento su salud fue mejorando paulatinamente volviendo al mundo del cine poco después.

Este acontecimiento le cambió, y eso se refleja en su manera de hacer cine. Muchas de sus películas (que algunos calificarán de ñoñas) están protagonizadas por tipos idealistas, positivos, honestos e íntegros que luchaban contra las injusticias, los tejemanejes e imposiciones de los más poderosos y a los que se les ponía en situaciones límite. Al final esas apelaciones a los buenos sentimientos a los valores humanos triunfaban antes de que un fundido mostrase el «The End.» Lo había hecho años antes con la película American Madness que en España se llamó - por aquello de que en este país los títulos de las películas originales los traducimos como nos da la gana- La Locura del Dólar. La película, que es un manifiesto contra la imposición de los poderosos y un ensalzamiento de lo mejores valores del ser humano, se estrenó poco después del Crack del 1929.

Resumo el argumento: Tom Dickinson ha sido durante 25 años el presidente de un banco que concedía préstamos a gente humilde. Cuando la crisis planea sobre el país, el consejo del banco promueve una política más restrictiva en la concesión de crédito lo que lleva al protagonista a enfrentarse y a ponerle en una situación complicada. Para empeorar más la situación, se produce un atraco en el banco en el que está implicado uno de los empleados. La información que se da del caso lleva a la multitud a retirar el dinero creando un caos absoluto. Y para rematar, se entera de que su mujer, la noche anterior había estado con el implicado en el atraco. Dickinson está a punto de rendirse ante tal cúmulo de hechos desafortunados hasta que aquellas personas humildes a las cuales había prestado dinero y defendido ante los inversores demuestren su confianza hacia el depositando en masa sus ahorros.

En esa época de crisis, los estudios realizaban películas en los que no se reflejaban desgracias, ni dramas ni situaciones demasiado realistas. Los espectadores buscaban distracción y salir felices del cine. En definitiva optimismo. Capra, cuya única obsesión en esos años era triunfar, lo sabía y se aprovechó de ello, aunque en el fondo, y sin saberlo realmente, en esa película proyectaría esa personalidad escondida que le reveló el hombre que le visitó durante su enfermedad.

Es curioso observar en la lectura de este magnífico libro (del que aún apenas llevo doscientas y pico páginas) como Frank Capra pasa de ser un hombre arrogante y ambicioso a sentir el pánico del éxito, y tras la «caída moral» convertirse en un transmisor de mensajes optimistas para la humanidad a través de los valores humanos que se podían ver en sus películas, valores por otra parte, que son universales y comprendidos lo mismo por un checo que un peruano, por un afgano y un senegalés…

El post de ayer hablaba sobre la confianza entre bancos y consumidores, American Madness proyecta esa confianza y explica razonablemente bien lo que ocurre cuando falta la confianza.

Os dejo un extracto de la película. Feliz fin de semana









4 comentarios:

Elisa dijo...

muy buena la entrada estimado fernando... muchas veces he hecho la misma investigación de campo buscando sonrisas o al menos algun gesto dulcemente expresivo... poco y nada encontré. un abrazo desde uruguay!

Fernando López Fernández dijo...

Es paredójico Elisa, pero cuanto más tiene el hombre más infeliz parece que es.

un abrazo y gracias por venir s Soul Business

Rafa Bartolomé dijo...

Efectivamente Fernando, a algunos debería bastarles con lo que les sobra. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Así es Rafa. Un placer verte por aquí tan a menudo.

un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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