martes, 12 de mayo de 2009

El fracaso de la vanidad

Hace ya bastante tiempo que se acabó la fiesta. Ya va para más de dos años que se acabó la época de bonanza económica; la del pelotazo rápido y la del buen rollito; la de cuerpos tuneados por el bisturí y bronceados en los yates; la de me duele la cara de ser tan guapo y Olé, España es la mejor. Nos habíamos dejado seducir por piropos internacionales, nos habíamos creído todo lo que nos decían y sacábamos pecho pensando que por fin nos habíamos quitado el estigma de país segundón y acomplejado, pendiente siempre de lo que se decía de nosotros en otros lugares. Bastaba una portada del New York Times, hablando de un cocinero o actor español para que todas las cadenas abriesen los telediarios hablando de lo importantes que éramos y lo que molábamos en el resto del Mundo. Si un deportista conseguía un triunfo o un equipo de fútbol ganaba la Champions todo era un Oé Oé Oé campeones Oé Oé. Cuando el crecimiento económico era unas décimas superiores a cualquier país del resto de Europa y era loado (de forma breve eso sí) por el Canciller alemán, el Primer Ministro Francés o el Presidente de la República de Togo (al que no conocen, ni yo tampoco, la mayoría de los españoles), automáticamente convertíamos sus declaraciones en expertas y autorizadas voces de eso que se llama economía internacional, sin tener mucho en cuenta lo que tanto expertos, como todo cristo veía venir. Es decir: que esto no podía durar siempre.

Un poco de orgullo por los éxitos de otros compatriotas, o una lisonja, venga de donde venga, no está mal: puede ser hasta inspiradora y motivadora. El problema es que nos hemos henchido de vanidad mal entendida. Nos hemos creído los reyes del mambo pensando que la música no iba a parar, y cuando lo ha hecho, nos hemos apresurado a echarle la culpa al boggie como cantaban los Jackson Five.

Cuanta más jactancia albergue nuestro carácter, más difícil será afrontar una situación adversa como le ocurre a mucha gente hoy: que parecen haber entrado en una depresión, en una desidia que les paraliza e impide actuar. La vanidad vive puerta con puerta con el fracaso y una vez que se traspasa ese umbral se complica mucho la salida porque la cura se llama humildad y no todo el mundo acepta el tratamiento.
En alguna de las charlas que tengo con mi equipo, les recuerdo que hay muchas formas de que una empresa fracase, pero que hay una que irremediablemente puede precipitar los acontecimientos: es la jactancia, el pavonearse de los éxitos, el creerse los mejores y acomodarse en la rutina que produce la seguridad del halago y la certeza absurda de que nuestra fortuna será eterna y que el camino está hecho. Celebrar el éxito sí, vivir de él no; sentirse orgulloso del trabajo sí, presumir no. Y siempre luchar hasta el final. El futuro, les digo, se lo hace uno con sus hechos, no con palabras y pensamientos, porque si no les puede pasar lo que al príncipe del cuento que viene a continuación que su vanidad le llevó al fracaso al desprecio y la vergüenza, que son el peor castigo del vanidoso.

Una antigua historia china cuenta el caso de un príncipe que era extraordinariamente aficionado al arte de la arquería. La verdad es que, como era de débil complexión, tenía que servirse de un arco de peso ligero y que, por tanto, no tenía capacidad para lanzar las flechas a distancias muy largas. Sin embargo, el príncipe estaba muy satisfecho con su arco y la potencia que con el mismo podía desarrollar. Aunque el arco era fácilmente sostenible, los consejeros lo cogían y simulaban que pesaba tanto que sólo los «fornidos» brazos del príncipe podían sostenerlo y tensarlo.
Cada vez que el príncipe disparaba con el arco, le decían:

— ¡Fabuloso! ¡Qué destreza, qué potencia! Y nosotros ni siquiera podemos sostener tan pesado arco.

El príncipe no cabía en sí de satisfacción. Estaba convencido de que sólo él podía sostener el arco, y que mediante su fortaleza y habilidad lograba proyectar la flecha a considerable distancia. Y en ese engaño vivió durante años... Pero un día recibió una invitación para participar en un torneo de tiro con arco que llevarían a cabo los príncipes de varios reinos. Los consejeros hicieron todo lo posible para conseguir que el príncipe desistiera de acudir a la competición. Pero el arrogante príncipe aseguró que iría y asombraría a todos con su inigualable destreza.

Llegó el día de la competición. El príncipe estaba realmente exultante. La diana había sido situada a una buena distancia. Todos lo príncipes, con mejor o peor puntería, lograron que sus flechas llegaran hasta el área de la diana. Llegó el momento crucial para el príncipe bobo. Se pavoneaba descaradamente manejando con soltura su muy «pesado» arco. Tensó el arco, disparó y la flecha no alcanzó más que medio recorrido. Avergonzado y a la vez irritado, lo intentó de nuevo y nuevamente la flecha sólo alcanzó medio recorrido, ante las risas y burlas de los presentes.

5 comentarios:

FAH dijo...

muy buen post y muy bien escrito. Una de mis frases preferidas es de Charles Chaplin y dice así: "La vida da tiempo nada más que para ser amateur"... Los elogios debilitan y conducen a la autocomplacencia... entonces, el fracaso está a la vuelta de la esquina. Sun Tzu recordaba: “No te contentes con alguna ventaja pequeña o una victoria a medias; tal cosa podría ser tu cebo destinado a vencerte. Debes mantenerte en guarda incluso después de que tengas los visos de una victoria completa”. un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Muchas gracias Francisco. Esa frase de Chaplin es una de mis preferidas también. ¿te has fijado que en el fútbol se da mucho ésto? ¿cuántos partidos y campeonatos se pierden por esto? Los elogios en ocasiones llevan a la relajación y a distraer la mente de los objetivos.

Un abrazo

susanatauride dijo...

Muchas veces hemos hablado de esto y sabes lo de acuerdo que estoy contigo.
Besos.

Rafa Bartolomé dijo...

Hola Fernando. Una de las pocas frases que se me quedaron de "Camino"(pásmate), era una que más o menos decía:"honores, distinciones, títulos...masas de aire, hinchazones de soberbia, mentiras, nada" Creo que fue lo más sensato que escribió en su vida monseñor. Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

@ Susana:

Muchas gracias por venir a verme aquí. A ver si dentro de poco nos vemos y seguimos charlando de temas interesantes.
besos.

@ Rafa

De todas las personas se pueden sacar interesantes lecturas aunque no se "comulgue" con ellas.

Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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