domingo, 10 de mayo de 2009

De viajeros étnicos, turistadas y negocio.


El año pasado por estas fechas, los medios de comunicación se hicieron eco de una noticia que aseguraba que la Fundación Nacional del Indio de Brasil (FUNAI) había descubierto una tribu desconocida cerca de la frontera de Perú. Como testimonio gráfico, se mostraban varias imágenes, tomadas desde un helicóptero, en la que un grupo de personas, vestidas con taparrabos, caras y cuerpos pintarrajeados, miraban al cielo, y algunas de ellas apuntaban con sus lanzas y arcos hacia el cielo. Sin embargo, eran un fraude: se conocía la existencia de la tribu desde 1910. En realidad lo que había pretendido el fotógrafo con su difusión, era concienciar a la opinión pública sobre el peligro que corren los indígenas del Amazonas. La tala ilegal, los asesinatos indiscriminados, las expulsiones de sus territorios, las enfermedades que les son transmitidas y otros factores están acabando con ellos. Se puede poner remedio, con la simple medida de dejarles en paz, de respetarles su hábitat natural pero, como siempre, la irracionalidad del ser humano lo evitará.

Es difícil precisarlo, pero estoy convencido de que no existen tribus, razas o colectivos que en algún momento de su existencia no hayan tenido contacto con otros seres humanos. Los continentes han sido explorados en su totalidad por tierra, y aire y la posibilidad de encontrarse con una tribu desconocida, es bastante improbable.

Una de las motivaciones que lleva a la gente a viajar a lugares remotos, es la curiosidad antropológica de conocer etnias que dan la sensación de estar ancladas en el pasado (nuestro pasado), aunque lo que hacen es vivir en su presente. Así, cada vez más son las facilidades que encuentra el viajero para pasar unos minutos, horas o días con éstas poblaciones autóctonas. Se han acabado los tiempos de las grandes exploraciones, donde el hombre se desplazaba envuelto en la incertidumbre, exploraciones en las que el contacto humano entre diferentes pueblos siempre era una sorpresa mutua y prudente. Hoy, debido a esas y otras exploraciones que se realizaron, y al desarrollo del turismo como industria, cualquiera puede ver satisfecha su curiosidad. Lo que ocurre es que, aquel que espera encontrarse formas primitivas o diferentes de vida, (no hablo de quien viaja por el mundo como si lo hiciese por un museo o un zoológico que hay que ver) acaba, por lo general, decepcionado al observar como esa autenticidad que persigue no existe o está contaminada. Y claro, yo me pregunto ¿Qué espera? Si el, con su visita está, contribuyendo a cambiarles su forma de vivir. Si antes llegaron unos y después vendrán otros.

Se queja, por ejemplo, de que la visita a un poblado de mujeres Karen, las famosas «mujeres jirafa tailandesas» se haya convertido en un lucrativo negocio o, como suele decir, «una turistada»; echa pestes cuando para poder entrar y curiosear en un poblado Masai debe aflojar unos cuantos dólares; o negociar el precio de un primer plano o un pack, (foto de familia incluida) en Rajastán para poder exhibir orgulloso su trofeo fotográfico; o comprobar como las danzas de los fieros guerreros de Papua, se han convertido en funciones de teatro. Se queja, en definitiva, de que estás etnias, estos pueblos se hayan «occidentalizado», se lamenta de que vistan pantalones vaqueros y camisetas, lleven zapatillas de deporte, utilicen teléfonos móviles o hiervan sopa de sobre; también de que este turismo se haya convertido en un lucrativo negocio para gobiernos, operadores turísticos y, como no, para los nativos que participan de ese «circo.»

Pero lo que son las cosas: este turismo contribuye, aunque parezca paradójico, a que estos pueblos no se extingan o haya un genocidio gracias al apoyo de asociaciones y fundaciones que llegan allí donde el gobierno no llega o no quiere llegar, colaborando con ellos en el desarrollo de la comunidad a través de iniciativas sostenibles como puede ser el caso de las comunidades mayas del Lago Atitlan, donde debido a la demanda turística han surgido varias iniciativas que además de mostrar los métodos ancestrales de trabajo y las costumbres étnicas, han permitido crear cooperativas y negocios que aseguren la supervivencia de la comunidad.

Siempre nos encontraremos con el dilema de si obramos bien o mal al visitar estos pueblos, estas tribus y meterlos dentro del negocio turístico.

Hecho el daño a estos pueblos, a mi no me parece mal que saquen tajada de ello ¿Quién estaría dispuesto a que se metiesen en su casa, le fotografiasen constantemente, le hiciesen bailar sin más contraprestación que unas gracias o un thank you? ¿Quién a vestirse como aquel que le visita? Etcétera.

Pero claro, todos queremos vivir experiencias y contactos «auténticos» y eso no es posible desde el primer momento en el que alteramos su forma de vivir, transmitiéndoles nuestras enfermedades, nuestras religiones, nuestros pensamientos y nuestra soberbia.

Por mí, ya digo ¡Que se forren con nosotros!

4 comentarios:

Myriam dijo...

No veo diferencia con las grandes Estancias Argentinas que son alquiladas o mostradas a turistas. Las hay también con rios que las atraviezan en Patagonia, que alquilan los cotos de pezca.

O los catillos que pertenecen a familias de nobles venidos a menos que los convierten en museo.

Abrazo

Myriam dijo...

O los Castillos en Europa, dice vale.

Myriam dijo...

Y si es por eso, aqui los kibutzim ademas de esplotación agropecuaria, se dedican a hotelería y turismo ( o tienen una fábrica de algo) ya que la agricultura sóla no es negocio...

Myriam dijo...

Perdón dice Explotación agropecuaria. Vale

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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