lunes, 4 de mayo de 2009

Cuentos de las noches tristes: Paquillo

Invariablemente, cuando llegaba el mes de abril, Paquillo sacaba de debajo de la cama una desvencijada caja roja de madera cuyo fondo se dividía en pequeños e irregulares compartimentos. La limpiaba, barnizaba y le daba una mano de pintura. Una vez seca, colocaba con mimo las chucherías que había comprado tras ahorrar durante todo el invierno las pocas monedas que le sobraban de la exigua pensión que su trabajo como bedel de la oficina de correos le había dejado. Se pasaba horas ubicando y reubicando las bolsas de pipas, las piruletas, los ositos de goma, los chicles por unidades, las barras de regaliz y las pastillas de leche de burra. Al final siempre hacía lo mismo: lo que era más grande, o abultaba lo colocaba pegado a su cuerpo y el resto lo esparcía en las cajitas creando montañitas. Razonaba para si que, de esa manera, la caja parecía contener un mayor número de golosinas, lo que sin duda atraería a más clientes.

Paquillo era bajito, enjuto, su rasgo más característico era un fino bigote que había copiado a Clark Gable que nunca se había afeitado; un mostacho que de alguna manera, casaba bien con su afilada nariz. Aunque hiciese calor, siempre llevaba puesto un abrigo marrón y una bufanda de cuadros rojos y verdes; se cubría la cabeza con una gorra de cuero viejo que le quedaba grande. Cuando se la calaba con sus huesudas manos, daba la sensación de que tuviese medía frente. Sólo gracias a sus grandes orejas que hacían de tope, la gorra no tapaba sus ojos y podía ver algo. Vestía unos pantalones grises holgados que ocultaban en parte unos zapatos marrones pasados de moda y cuarteados que no habían probado betún en mucho tiempo. De andar lento y dubitativo, cualquiera le hubiese confundido con un mendigo. Pero Paquillo no era un mendigo, era un vendedor ambulante de dulces y golosinas y su trabajo le gustaba mucho.

Después de comer en la residencia de ancianos donde vivía, se colgaba del cuello su caja y se dirigía a la puerta del único colegio de la ciudad. Todas las tardes a las tres en punto, de lunes a viernes, a medida que la chiquillería iba llegando al colegio para las clases vespertinas, carraspeaba y comenzaba a vocear con su aflautada y débil voz para llamar la atención: - ¡Vamos a ver!, ¡Vamos a ver! ¡Vamos a ver! La frase la repetía incansablemente hasta que los primeros niños se acercaban. No muchos, ciertamente. Pocos eran los que examinaban el contenido de la caja y menos los que compraban algo. A Paquillo no le preocupaba mucho porque era feliz sólo con la presencia de los niños. Le hubiese gustado tener hijos y nietos, pero nunca se caso. Además sabía que al final acabaría vendiendo algo: lo suficiente para ir tirando.

De entre todos sus clientes tenía predilección por Juan, un chico de grandes gafas, tímido y muy educado que todos los días gastaba unas pocas monedas. Juan inspeccionaba toda la caja antes de decidirse a comprar: seleccionaba con el dedo índice lo que quería, pagaba y se despedía con unas muchas gracias señor. El resto no era igual: los había de todo genero: los que manoseaban las golosinas, los que le escamoteaban algunas y los que, crueles, le lanzaban frases despectivas.

- ¡Eh Paquillo, tócame el pirulillo!, ¡Viejo, quítate las pulgas!, ¡Vete al asilo!...

Paquillo, aguantaba las burlas esbozando una sonrisa sumisa que encerraba el sabor de la amargura. Un sentimiento de tristeza se apoderaba de él cuando esto ocurría, pero tenía un trabajo ¡qué caray! y no toda la chiquillería era así.

Un día se extendió el rumor de que los caramelos que vendía Paquillo contenían droga. En pocos días, el rumor había circulado de tal manera que lo que empezó como una infantil trola, se había convertido en una verdad incuestionable. Nadie compraba nada. Paquillo se había hecho una clientela fija que ahora le ignoraba. Observaba con tristeza como alguno de los niños que días antes le habían dicho Muchas gracias señor, pasaban delante de él despreciándole. Otros le insultaban llamándole drogadicto, tonto…y le daban pequeños empujones que lo desequilibraban y lo hacían tambalearse hasta caerse. Sólo por atender a su único cliente volvía todas las tardes al colegio. Juan continuó fielmente observando, seleccionando y pagando sus chucherías, a pesar de las bravatas de los más fanfarrones de la clase que le habían amenazado con pegarle si lo veían comprar. Días después, Juan llegó a casa con un ojo morado.

El director del colegio, alentado por los padres de los alumnos, habló con Paquillo y le prohibió que se situase a la puerta del colegio: todo se había acabado. Regreso a la residencia confuso, derramado lágrimas, caminado despacio, con una sensación de derrota que aguijoneaba su corazón apagando su ilusión por vivir: todo había acabado.

Nunca había ganado más que unas monedas extra con su pequeño negocio. Apenas para un paquete de tabaco de los más baratos que compartía con Pepe, un antiguo carpintero que había perdido tres dedos de la mano derecha al cortar un tablero de madera. Era su único amigo, mujer no había tenido y la poca familia que tenía vivía a cientos de kilómetros y nunca habían querido saber nada de él. Comida y cama no le faltaban, pues la residencia de ancianos inaugurada pomposamente hacía años por el alcalde y el gobernador civil era gratuita.

Paquillo, se iba consumiendo en su tristeza. Ya no le dejaban salir a vender sus dulces y golosinas en la puerta de los cines, en los toros, en los colegios… Ya no escucharía más las risas de los niños, los murmullos de la gente en los toros, los comentarios de las películas…

Había perdido todo lo que le hacía feliz por un bulo, por una mentira. Semanas más tarde, recibió la visita de Juan, el único niño que le había sido fiel y había seguido comprando a pesar de que fue despreciado por sus compañeros de clase. Al verle, los ojos de Paquillo se inundaron de felicidad. Anduvo hasta su habitación, buscó su vieja caja y regresó al jardín de la residencia donde Juan hablaba con Pepe.

El esfuerzo y la emoción provocaron que Paquillo cayera de bruces y la sangre brotara de su cabeza de una forma furiosa. Aún así su expresión era de placidez. Cuando se acercaron a socorrerle era demasiado tarde.

Antes de morir exclamó ¡vamos a ver! ¡Vamos a ver!

En el Calendario de la Sabiduría de Tolstoi, se recoge la siguiente reflexión de Thomas Carlyle: «Cuando un hombre se pone a trabajar, aunque se trate del trabajo más primitivo, sencillo y menos cualificado, el alma humana se serena. En cuanto una persona empieza a trabajar, todos los demonios le abandonan y no pueden acercarse a él. Un hombre se convierte en hombre.»

Hoy, en día, la principal preocupación de la gente es no perder el trabajo, el sentirse útil. Karl Marx decía que «El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan.» Cuando Paquillo fue obligado a dejar de trabajar, perdió algo más que un trabajo; perdió su dignidad. La muerte social a la que fue sometido desembocó en la real. Ronald Reagan decía que: «Recesión es cuando tu vecino se queda sin empleo; depresión es cuando lo pierdes tú.» Y a mí, esto de la muerte social me preocupa mucho, porque hay miles de Paquillos por el mundo que están perdiendo algo más que un trabajo, y están siendo excluidos por una sociedad que les niega su dignidad.


9 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Joder, Fernando, que triste aunque sea cierto. Ya lo decía Serrat:"Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".
Un abrazo

susanatauride dijo...

¡QUE MARAVILLA!Y que gran moraleja.
Mil besos

Fernando López Fernández dijo...

@Rafa

La historia puede ser triste, pero esconde mucha felicidad. Totalmente de acuerdo con el apunte que haces de Serrat.
Un abrazo

@Susana

Gracias por pasarte por Soul Business. Me alegra que te haya gustado.

Besos para ti también.

MTTJ dijo...

A medida que iba leyendo la historia, confiaba en que tendría un final feliz pero no ha sido así. Ojalá que para muchos de los Paquillos que viven en nuestros pueblos y ciudades el desenlace sea más esperanzador.
Un abrazo

Asun dijo...

A los Paquillos que hay por el mundo, que son muchos, se les relega a un papel generalmente pasivo, como si ya no tuvieran ninguna función.
Se les va apartando poco a `poco hasta que a causa de la pérdida de ilusión se van dejando morir.

Un beso

Katy dijo...

"Y a mí, esto de la muerte social me preocupa mucho, porque hay miles de Paquillos por el mundo que están perdiendo algo más que un trabajo, y están siendo excluidos por una sociedad que les niega su dignidad".
Lo malo es que ese mucho se va a ampliando a edades más jóvenes y son solo un número más.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Maria teresa:

Más que triste yo creo que el final es agridulce porque al final paquillo de alguna forma gano.
Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

Asi es , se les va arrinconando hasta que pueden perder la ilusión , pero como le decía a Maria teresa al final Paquillo, con la visita del niño de alguna manera gano.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Tienes razón en lo que dices de que la muerte social ya no solo es una cuestion de edad y eso es lo triste, que en este sentido , se va a a peor.
Un beso

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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