sábado, 16 de mayo de 2009

Cuentos de las noches tristes: El malabarista y la luna

Todos los años, cuando los días comenzaban a alargarse, llegaba a la ciudad el viejo Circo de la Luna. El Circo de la Luna era un circo pequeño, viejo que algunos calificarían de vulgar. Muchos años atrás había sido un circo importante: La ciudad por la que pasaba se engalanaba de coloridos carteles en los que el dibujo de la cabeza de un payaso sonriente en primer plano, y tigres y elefantes y trapecistas en un segundo, invitaban a ver lo nunca visto en «El mayor espectáculo del mundo.» En sus mejores días contó con su propia orquesta, uniformados acomodadores y más de treinta atracciones, de las que quince eran números en los que exóticos animales obedecían o bailaban al escuchar la voz de su domador.

Sin embargo, los tiempos habían cambiado. Apenas eran diez los actos que componían la función. De animales sólo tres: Uno de perros equilibristas, otro de caballos bailarines y otro en el que dos enclenques leones que día tras día perdían su otrora áurea e imponente melena bostezaban más que rugían. No había dinero para alimentar a todas las fieras ni a los enormes elefantes ni a los temibles cocodrilos…así que todos los animales habían sido vendidos por muy poco dinero al Zoo de una gran ciudad.

El circo se instalaba en una pequeña plaza del barrio de las Luciérnagas, un humilde barrio situado a las afueras de la ciudad que era habitado en su mayoría, por trabajadores de la cercana fábrica de cemento que era el orgullo de la ciudad. Allí vivía Daniel con sus padres y sus cuatro hermanos.

Daniel era un niño de diez años, lleno de pecas, pelo de zanahoria peinado a flequillo y pizpiretas pupilas color marrón claro. A Daniel le encantaba el Circo de la Luna. Cuando se asomaba a la ventana de su casa y divisaba en la lejanía la hilera de camiones del viejo circo pintados con una gran luna en cuarto menguante acompañada de estrellas amarillas, su corazón latía muy deprisa. Desde que lo había visto por primera vez el año anterior no había pasado un día sin recordar lo mucho que se había divertido. Se había asombrado con los trucos de magia de Mister Kalim, un mago que hacia desaparecer a las personas; se había asustado con el triple salto mortal que hacían los hermanos Rossini, unos trapecistas que fueron unas famosas estrellas circenses que habían actuado en los más prestigiosos circos de Europa; se había partido de risa con las meteduras de pata de los payasos, e incluso se le había escapado una lágrima de emoción cuando Madame Leboeuf proyectaba sombras chinas sobre una pantalla. Pero nada de eso le había gustado tanto como el número del Señor Lavander, un malabarista capaz de tener cinco mazas en el aire mientras en su cabeza sostenía varios platos que se separaban por pequeños palos que se movían a una velocidad vertiginosa al tiempo que el volumen de la música (que ahora sonaba a través de altavoces) aumentaba añadiendo emoción a la actuación.

Le fascinaba ese número; era lo más difícil que había visto hacer en su vida. Tanto es así, que al finalizar la función se separó de sus padres y se dirigió al carromato donde el malabarista, en compañía de su esposa, vivía. Sólo pudo hablar con él unos minutos. Preocupados por su ausencia, los padres de Daniel habían movilizado a todo el personal del circo, y en menos de diez minutos lo encontraron sentado junto al malabarista bebiendo un reconfortante caldo de pollo. En ese breve tiempo, el Señor Lavander le explicó cómo hacía el número. Había que ensayar mucho, todos los días, no dejar de intentarlo si se caían las mazas y, sobre todo, no mirar cada movimiento de las mismas porque eso podía despistarle. Sólo fijar la vista en un punto. Si lo haces por la noche - le dijo-, deberás hacerlo mirando siempre a la luna que es el lugar más lejano al que ha llegado el hombre. Desde el inicio de los tiempos, el hombre ha perseguido el sueño de alcanzar la luna. Para conseguirlo han tenido que pasar miles de siglos pero al final lo ha conseguido porque no hay nada imposible. La luna te animará a continuar cuando se te caigan los platos, las mazas, las bolas y te desesperes pensando que nunca lo vas a conseguir. Te dará fuerza y te ayudara.

Desde entonces, no había día que Daniel no saliese a la puerta de su casa y ensayase con unos pequeños bolos de madera ligera que había cambiado por su preciada colección de cromos de futbolistas. Con los platos, esperaba comenzar a ensayar una vez que dominase la técnica de los bolos e hiciese algunas preguntas al Señor Lavander que le había dicho que el circo regresaría al año siguiente.

Ese fue un año de espera. Daniel contaba los días que faltaban para que el circo volviese a la ciudad. Era una espera ansiosa que solo calmaba cuando al anochecer sacaba sus desgastados bolos de madera y practicaba mirando a la luna. Pero como todas las esperas terminan, un día, ya entrada la primavera, el Circo de la Luna regresó.

Al día siguiente de la llegada del circo, cuando salió del colegió corrió apresuradamente los tres kilómetros de distancia que separaban la escuela de la plaza donde los operarios del circo se afanaban en montar una deslucida carpa de grandes rayas azules, llena de remendones que no eran más que las cicatrices que el tiempo había dejado en el alma del circo. El personal se movía deprisa, ignorando la presencia de Daniel que, nervioso, intentaba localizar el carromato donde había compartido unos minutos con la persona más fascinante que había conocido. Tras chocarse con más de una persona y casi morir del susto al doblar un camión y ver la jaula de los leones, avistó el carromato. Llamó, pero nadie respondió, volvió a llamar con más insistencia pero era evidente que no había nadie dentro. Intentó localizar al malabarista en todos los rincones del circo. Imposible. Además, nadie le hacía caso y las dos personas que se detuvieron ante su insistencia no le entendían: eran chinos o coreanos; él no distinguía. Decidió entonces aguardar en la puerta del carromato la llegada del Señor Lavander. Se sentó en las pequeñas escaleras de madera que daban acceso al mismo. Pasó el tiempo y nadie apareció. Poco a poco le entró una modorra que se convirtió en sueño. Una mano le despertó. Era la señora Lavander que le miraba con ojos llenos de ternura y que aún se acordaba de él. Ese pelo zanahoria y esos ojos eran inolvidables. Daniel se sobresaltó. Cuando fue capaz de articular palabra preguntó por el Señor Lavander. Los ojos de la señora Lavander se humedecieron, adquiriendo un brillo que reflejaba la nostalgia que surge cuando las lágrimas salen directamente del corazón.

—Sabía, que volverías —le dijo a Daniel. No llegó al invierno, ni siquiera pudo ver el color de las hojas en otoño, pero dejo algo para ti. Espera.

La Señora Lavander entró en el carromato y salió con una enorme caja sobre cuya superficie había un sobre pegado con celo próximo a amarillear. Entregó la caja a Daniel y se perdió en el interior del carromato cerrando la puerta sin más explicación. Desde fuera, Daniel escuchaba sollozos lejanos. Dudó si llamar a la puerta; pero su sentido común le dijo que era mejor no molestar a la señora Lavander ¡Tanto era su dolor!

Al llegar a su casa, apenas saludó a su madre que preparaba la cena en la cocina y se encerró en su habitación. Estaba excitadísimo. Lo primero que hizo fue abrir la caja y allí se encontró las usadas mazas, un juego de platos y los palillos. Después, abrió con cuidado el sobre y leyó:

«Para manejar los platos y los palillos lo único que tienes que hacer es ensayar y mirar a la luna.»

Dicen que cuando la luna está llena y de color naranaja es por que aquellas personas que persiguen un sueño lo han conseguido.

El esfuerzo, el fracaso como aprendizaje y la ilusión son tres de los factores que llevan a conseguir el éxito (entendiendo como tal la autosatisfacción personal con lo realizado) y a cumplir los sueños que como sabéis surgen siempre de los deseos. Cuando falta alguno de estos factores, podemos caer rápidamente en la desesperación. Es entonces, cuando tenemos que mirar a la luna, buscar una referencia que nos motive y nos recuerde que todos los sueños se pueden cumplir.

5 comentarios:

Rafa Bartolomé dijo...

Fernando, precioso cuento con gran moraleja para no olvidar. Yo se lo recuerdo muchas veces a Susana, que trata de ocupar ese espacio que necesita en su profesión: mientras no te rindas no te vencerán.

Fernando López Fernández dijo...

Gracias Rafa. Así es mientras no rindas será difícile vencerte. hable de ello en este blog en "El Soldado Herido"
Un abrazo

Katy dijo...

Hola Rafa seguramente los años cambian la c¡viusíon de "Todos los sueños se pueden cumplir" por aquello de "Algunos sueños se cumplen". porque vas dejando en camino parte de ti por generosidad, por adversidades, y porque aprendes que no puedes tener todo los ases en tu mano. Los jóvenes es lo que deben hacer perseguir su sueño, pero calibrar que es lo que dejan de importante por el camino. Me ha gustado tu forma de contarlo.
Un beso y buen finde

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Con total seguridad la cambian. Gracias por el comentario que no se si era para Rafa o para mi.
Un beso

Katy dijo...

Jeje si te digo que me ha gustado tu forma de contarlo?????, supongo que es tu post. Por cierto me la debías que el otro día hiciste lo mismo:)
Perdona por confundir los nombres, tenía calro a quien estaba leyendo.
Un beso y feliz semana

Soul Business

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