sábado, 30 de mayo de 2009

Cuando te tomas un respiro

Me he pasado toda la tarde del sábado haciendo «números» y dándole al coco para corregir algunas previsiones, intentando dibujar diferentes escenarios de para los próximos meses. A pesar de ser bastante optimista y ver la botella siempre algo más de medio llena, he estado trabajando sobre escenarios pesimistas porque una cosa es creer en las posibilidades más o menos realistas de lo que pueda suceder y otra, muy diferente, convertir las previsiones en «Fantasías animadas de ayer y hoy presentan…»

La verdad es que uno puede volverse loco si considera todas las variables que afectan a un negocio. Llega un momento en el que si las analizas y relacionas con bastante profundidad demorando las decisiones, cuando estás preparado para tomar la decisión, esa que había pensado ya no vale (la culpa la tiene esa quinta velocidad a la que nos están, estamos acostumbrando) Es decir, justo cuando encuentras las respuestas cambian todas las preguntas como dijo no sé quién.

Se ha demostrado que el modelo de negocio o proyección «El papel lo aguanta todo» rara vez funciona; tampoco el modelo «bytes» en el que sesudas máquinas te cuentan como va a ser el futuro según los datos que introduzcas y que a veces toman las decisiones por nosotros; y aún menos el conocido y «fashion» modelo «analista de salón»: que básicamente consiste en que unos tipos profetizan sobre algo y todo el mundo planifica y ejecuta sus decisiones, basándose en las peroratas que sueltan: da lo mismo si aciertan o se equivocan, porque ellos siempre ganan. Creo que la razón de que estos modelos hagan agua, es que no contemplan la dimensión humana y emocional de los negocios y obvian que, mientras no se demuestre lo contrario, las organizaciones las mueven las personas y que son éstas, quienes tienen al final la clave para que los «Business» funcionen. Esta dimensión no afecta únicamente a la propia empresa donde uno trabaje sino que se extiende e interrelaciona, como ocurre con la World Wide Web, con todas las organizaciones que enlazan con ella (clientes, colaboradores, proveedores, organismos oficiales etcétera). Un lío gordo.

Por eso, cuando he estado esta tarde trabajando y reflexionando sobre ello, ha llegado un momento en el que, agotado por la búsqueda de mis propias respuestas, me he cuestionado si merecía la pena analizar absolutamente todos los comportamientos o conductas de cada parte, las posibilidades, las incertidumbres, o si debía tomarme un respiro para tener perspectiva y, al menos, obtener una visión de conjunto que me permitiese, de forma coordinada aunar pistas para la toma de decisiones. Total que me dicho a relajarse tocan y, francamente, me ha venido muy bien porque el ir tan deprisa, perseguir la solución perfecta (que nunca existirá o será fugaz) y dedicar más tiempo del necesario al trabajo no es nada bueno y lo único que consigues es meterte en una dinámica absurda que te puede llevar a ser un auto esclavo laboral cuando sabes que no todo depende de ti y tu no eres paladín de nada ni nadie.

Así que he estado viajando con la imaginación, rememorando aquellos rincones que ya visité (el trabajo de campo para los siguientes lo comienzo la semana que viene). He recordado sonrisas, me he vuelto a mojar bajo una gran tormenta y a cometer mil equivocaciones; he paseado entre multitudes y me he sentado al borde del mar… y porque ayer Leo Harlem, en su nuevo monólogo hablaba de la India y del Ganges he viajado hasta allí y me he dado un paseo en barca por el río más sagrado de India.

Al final, después de ese respiro, creo haber encontrado dos o tres ideas buenas que veremos si son aceptadas y asumidas y que considero que pueden funcionar.

Os dejo un extracto de Soul India y un video que he encontrado de una canción que me encanta de Prem Joshua y Manish Vyas con imágenes del Ganges. Está bien para tomarse un respiro.

Remando en el Ganges

A pesar de la atracción espiritual que causaba el Ganges, de los beneficios que producían los baños, y de la oportunidad de purificarme, fui incapaz de sumergirme en sus aguas. No tenía ni el valor ni la fe suficiente para hundirme en unas aguas que desconocía que podían contener, que ocultaban bajo su superficie restos de media India: agua, que en algunas zonas, era estanque de enfermedad donde anidaban la infección y la muerte.

Clareaba el día, y los barqueros deambulaban por las escalinatas de los Ghats en busca de unos clientes, que en esos momentos se encontraban consumando sus abluciones. Uno de ellos, se enfiló hacia mí y, después de negociar durante más de media hora el recorrido y la duración, acordamos un precio que, aunque alto, era razonable. Navegamos por espacio de una hora y media, remando hacia el sur. Partimos del Lalita ghat. Nuestro destino era el Asia ghat regresando por el centro del Ganges para finalizar en Kedara ghat, donde yo desembarcaría y el barquero proseguiría su singladura hasta nuestro punto de partida.

El Ganges, con sus opacas aguas, rechazaban los primeros rayos de sol manteniéndose gris, imperturbable a las paladas que daba un barquero que de vez en cuando interrumpía su esfuerzo para secarse el sudor. La corriente era ola que susurraba a la ciudad, en tanto que las abluciones eran murmullo que hacía eco en los palacios y templos de cada ghat. Los desvencijados palacios —que estoy seguro nunca fueron nuevos— asomaban a la orilla simulando ser fortaleza de una ciudad tan vieja como la historia, tan vieja como el mundo. Había un ghat, no recuerdo el nombre, donde se hacia una enorme colada, y la ropa y sábanas de matrimonio, se tendían en unas escalinatas quemadas por el sol. Era una travesía de música lenta, donde el imaginario sitar y la flauta que en esos momentos pensaba, ambientaban un decorado de imágenes nostálgicas que nunca antes había vivido.

El barquero inmovilizó la embarcación. Me pidió un cigarro, y fumamos en un silencio inflado de bocanadas largas, de miradas hacia al agua, de miradas hacia nada. Le pedí los remos y durante unos metros bogué por el Ganges, sufriendo en las manos el tacto de una madera astillada que hinchaba mi piel en pequeñas ampollas. El escozor me obligó a devolver los remos y a continuar el resto del paseo soplándome las manos para aliviar un picor que se había hecho molesto.

Desembarqué en el puerto de la lepra, donde los muñones demandaban una limosna que no podían recoger. Los más afortunados, los que aún tenían manos, recontaban los granos de arroz que los peregrinos depositaban en sus palmas; granos que de forma comunal almacenaban en pequeños sacos. Ese día podrían alimentarse, distraer a un estómago que, de no comer, era casi espalda. Estuve tentado de utilizar mi cámara, pero yo no había viajado a la India para retratar la miseria: solo la vida…


4 comentarios:

FAH dijo...

gracias por la canción dePrem Joshua y Manish Vyas. En mi blog hablé hace varias semanas de Joshua a raíz de una frase que le escuché: "Siempre hay tiempo, otra cosa es que te lo quieras permitir". Me ha gustado mucho. salu2.

Fernando López Fernández dijo...

Gracias a ti Francisco por pasarte tan a menudo. Recuerdo el post que escribiste que me pareció fantástico. Toda una lección sobre la gestión del tiempo. Y, ahora que lo pienso, inconscientemente lo relacioné con el mío. Me alegro de que te haya gustado la canción. Es ua de mis favoritas de Prem Joshua. Un abrazo.

Rafa Bartolomé dijo...

Los fines de semana suelo estar lejos del ordenador por lo que cuando vuelvo a él me encuentro conque has publicado varios asuntos.
Creo que siempre hay que saber descansar: recuerdo cuando de chaval me llevaba un problema de mates a casa sin resolver, y en el transcurso de la noche la respuesta parecía haber aflorado por sí sola. Por eso creo que tienes razón: a veces conviene parar. Por otro lado también conviene saber zambullirse; me ha encantado el escrito sobre el Ganges. ¡Joder que envidia, y que bien escribe la gente!

Fernando López Fernández dijo...

Así es Rafa, hay que saber parar y también descansar. Y dosificarse para no agotarse.

Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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