lunes, 18 de mayo de 2009

Antigua: Museo y testigo de lo que fuimos


El domingo 17 de mayo se ha celebrado El Día Internacional de los Museos bajo el lema «Museos y turismo». Su objetivo era poner de manifiesto la importancia que pueden tener los museos en el desarrollo de un turismo cultural sostenible. Fue una jornada de puertas abiertas en las que se organizaron visitas guiadas, conferencias, talleres, exposiciones especiales y, además (no sé si en todos) la entrada era gratuita. La iniciativa, que este año celebra su 32 edición, provoca que se formen largas colas en los museos, y personas a los que el legado de nuestros antepasados se les trae al pairo, se acerquen a estos lugares donde podemos ver, aprender y reflexionar sobre aquellos que nos precedieron y nos dejaron como herencia su conocimiento y su arte, su personalidad y su forma de vivir.

A mi este tipo de días internacionales, a diferencia de otros que me parecen una memez, me parecen muy positivos, pero considero también que no debería ser un acto de un solo día, sino que debería ser promovido constantemente no sólo por las autoridades y organismos (sean competentes o no), y también en las escuelas. Tampoco estaría nada mal que los padres inculcasen a sus hijos la importancia de estos refugios de la memporia. Eso si, haciéndolo de una forma lo más objetiva posible y no cayendo en una visión tendenciosa o nacionalista de las cosas. Con ello, conseguiríamos comprender un poco mejor quienes y por qué somos: a todos nos iría mejor.
Museos y turismo es el lema de este año. Si hay una ciudad que aúna estas dos palabras es la ciudad de Antigua en Guatemala, Patrimonio de la Humanidad,y capital de la Audiencia de Guatemala en el valle de Panchoy en la colonización o dominación española, que llegó a convertirse durante más de dos siglos en el centro político y religioso de Centroamérica: en esa época un amplio territorio formado por la actual Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica además de, los ahora mexicanos, estados de Chiapas y Yucatán.


Esquematizando bastante su historia, sus orígenes los encontramos en la época de Pedro de Alvarado, quizá el más intrépido, osado y cruel de los conquistadores españoles al que se le iba la olla a menudo trató – de hecho, se le atribuye la culpabilidad del «pifostio» que se montó en la famosa «Noche Triste» donde a los españoles y a sus aliados tlaxcaletcas les dieron «pa´l pelo» y tuvieron que salir «por patas» - tanto en la victoria como en la derrota, inhumanamente a los indígenas a los que se enfrentó creando una animadversión y desconfianza que aún se anida en parte de la población.


La Corona Española, quiso poner fin a estos abusos creando un régimen jurídico específico de las Indias, en el que se defendía al indio y se hacia merecedor de un trato justo; pero por aquello de que el poder está lleno de ambigüedades (en realidad como ocurre ahora) y, en eso momentos nuestros reyes estaban metidos en otros fregados en Europa, hizo la vista gorda en numerosas ocasiones y la famosa frase del Poema del mío Cid «que buen vasallo si hubiese tenido buen señor» se repitió.
La iglesia católica, con una misión evangelizadora más política que religiosa (era un instrumento más de la corona para subyugar a los indígenas) sembró la ciudad de conventos e iglesias que hoy casi todas están en ruinas por el efecto de los diferentes terremotos y erupciones volcánicas que castigaron en varias ocasiones la ciudad, siendo abandonada en 1773 lo que motivo el traslado de la capital a la ciudad de Guatemala.
Todo esto, y más, se respira cuando paseas por sus adoquinadas calles, organizadas en cuadriculas que parten de norte a sur y de este a oeste del Parque Central, que en sus costados albergaba los símbolos del poder administrativo, eclesiástico y militar; una forma de urbanizar muy habitual en la América española en la que las clases sociales se distinguían por la cercanía de la vivienda al corazón de la ciudad. Pero también se respira la influencia española en la arquitectura de las casas y mansiones y en las costumbres y en la forma de vivir de sus habitantes que han adoptado alguna de las costumbres españolas incorporándolas para siempre a sus tradiciones.
Hoy, con esto del Día Internacional de los Museos, y porque Antigua vive del turismo y ofrece unas excelentes infraestructuras para el viajero, me he acordado de ella y, por momentos, he sentido una necesidad imperiosa de volver, aunque me esperan otros museos, otros pueblos y lugares que son testigos de nuestra historia.
Como digo, toda la ciudad es un museo vivo en el que el visitante verá reflejado en cada rincón la grandeza y la miseria de la Conquista Española. Si tenéis la oportunidad, no dejéis de visitarla porque, a través de sus museos, de sus monumentos y del ambiente que se respira en sus calles, comprenderéis un poco mejor la deuda que España contrajo con América y que desearía de todo corazón que empezásemos a pagar si no es con dinero (que lo despilfarramos y nos lo fundimos en extrañas aventuras bélicas o religiosas) al menos con un «bastante más» de respeto, de comprensión, de cariño y solidaridad.




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