lunes, 6 de abril de 2009

Los préstamos de la Fe


En estos días se está celebrando la Semana Santa, quizá la festividad religiosa más importante de cuantas celebra la Iglesia Católica (por encima de una Navidad que cada día más parece una bacanal gastronómica y botellón global que la celebración del nacimiento de Jesucristo). En el post «Donde nacen los sueños Chamulas I parte» comentaba cuan diferentes eran las costumbres o prácticas religiosas en diferentes países y lugares: España no es una excepción y en cada región, en cada ciudad, se celebra de forma diferente.

Alguno de los ritos o manifestaciones que se suceden desde el Domingo de Ramos pueden ser incomprensibles para aquel que no lo haya «mamado» de pequeño. Ocurre esto con las procesiones de Semana Santa. Pondré un ejemplo: si una persona no conociese España y tuviese la oportunidad de darse una vuelta por varios sitios a la vez, pongamos por caso: Sevilla, Calanda, Valverde, Valladolid, San Vicente de la Sonsierra, Lorca, Zamora o Málaga diría como Asterix «Están locos estos españoles». No sería yo quien le quitase la razón porque las hay de todos los tipos; silenciosas, bullangueras, solemnes, violentas, selectivas, populares, aburridas, espectaculares cortas o interminables. Si fuese a Sevilla, acabaría atascado en una marea humana que lo mismo en unas procesiones guarda el más respetuoso silencio, como en otras es un continuo murmullo de risas y palabras entrecruzadas; si se pasase por Valverde en la provincia de Cáceres, alucinaría con los «Empalaos» siempre y cuando no hubiese tenido la oportunidad de ver a los «Picaos» en la localidad riojana de San Vicente Sonsierra fustigarse las espaldas con premeditación y alevosía; pero también se asombraría con la solemnidad castellana de Valladolid o Zamora, se escandalizaría con la procesión de Las «Turbas» en Cuenca o tendría la sensación de asistir a una cabalgata de reyes, carnaval o demostración ecuestre en Lorca.

Costaría, ya digo, una barbaridad convencerle de que no estamos como una cabra y que somos el país con el mayor número de miembros del Ku Klux Klan del mundo: pero habría que hacerlo.

Habría que explicarle el por qué de cada manifestación, dejando el folclore, el exhibicionismo, y la fiesta de lado, y ahondar en las motivaciones que llevan a los hombres a participar y seguirlas con verdadera devoción. A que descubriese que, en esa mirada vidriosa que mira la singladura del paso del Cristo o la Virgen, se reflejan valores humanos como la igualdad, el amor, la justicia, la bondad, el sacrificio y la solidaridad, porque para quien tiene Fe la Semana Santa significa algo más que una celebración litúrgica o una procesión popular.

Comprendería entonces nuestro buen hombre que los penitentes cumplen una promesa: pagan una deuda de honor directamente con Dios, una deuda condicionada a los resultados: «Si me curas o curas a te prometo; si me das… te aseguro, si consigues…haré». Una deuda en la que no hubo negociación porque Dios no impuso condiciones: sólo escuchó. Una deuda avalada por la Fe que tenga en El cada uno, o por la desesperación que lleva a un hombre que no cree, a solicitar ese préstamo de serenidad que de paz a su alma.

Cada primavera miles de hombres y mujeres cancelan el importe de sus deudas cargando cruces, caminando descalzos, flagelándose y desgarrándose; ocultando el rostro o asomándolo según el coraje y la costumbre pero, sobre todo, agradecidos y felices de haber cumplido con su conciencia y con Dios.

No soy una persona religiosa, más bien creyente en una serie de principios universales, pero respeto profundamente a quien sí lo es, especialmente a aquellos que se sirven de la religión para mejorar este mundo o a estos penitentes que demuestran que en el mundo todavía hay gente que paga los préstamos nacidos de la Fe o de la palabra de honor.


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