miércoles, 1 de abril de 2009

Lluvia acompañada de lágrimas II parte


En esas abstracciones en las que me refugio cuando las conversaciones en los viajes decaen, pensaba en esas sonrisas, en la pureza de esos gestos mayas que nunca murieron, y los integraba en unos parajes donde la horror y la crueldad del hombre a lo largo de los siglos intentaron borrar la alegría a una sociedad a la que la historia siempre fue ingrata.

Reflexionaba con esas nobles mímicas que simbolizaban un triunfo generoso sobre el sufrimiento de los mayas, sobre ese continuo morir, sobre esa resignación casi cristiana; pero a mis reflexiones llegaban también los fantasmas de sucesos violentos de siglos pasados. Se manifestaban los antepasados de los Cackchiqueles y los Quichés,- dos de las etnias más importantes de Guatemala que convivieron en relativa armonía hasta que a unos o a otros ( seguramente a los dos) se les cruzaron los cables y libraron sangrientas batallas que, como ocurrió durante la conquista de Nueva España, facilitó enormemente el camino a los conquistadores españoles, quienes mediante alianzas pasajeras, añagazas diplomáticas, tecnología militar y una gran dosis de mala leche conquistaron Guatemala con una crueldad sólo comparable, si es que la crueldad se puede comparar, a la utilizada por el ejercito guatemalteco durante la guerra civil que tuvo lugar en los finales del siglo veinte y que llevó la desesperación a miles de personas.

Una guerra de esas de las que en Europa casi ni te enteras: guerras de las que se miran hacía otro lado; guerras del tercer mundo que sólo después del desastre interesan. Una guerra que en esos momentos revivía y que ha quedado grabada en la memoria de los habitantes del Quiché porque, especialmente durante 1982 con lo que se denominó política de tierra quemada, el ejército atemorizó y consumó continuas masacres entre la población. Y quizás porque alguna de esas niñas perdió un familiar en esa guerra, rondaban por mi cabeza las víctimas de ese holocausto; y veía a los Chicoy, Chich, Tipaz, Pantoj, Tol, Ijón, pero también a los González, Luarca, Grijalba, Pérez o Mendoza antes de que fueran asesinados, torturados o vejados. Desbordado por la mente viajaba al pasado y me adentraba en aldeas que fueron arrasadas por su supuesta colaboración con la guerrilla o por artículo treinta y tres: pueblos y aldeas donde se produjeron detenciones masivas los días de mercado, a la salida de misa, con allanamiento de moradas tras secos golpeos en la puertas. Veía al ejército fuertemente armado con listas de papel en las manos acompañados en muchos casos de cobardes colaboradores enmascarados que, señalando con el dedo, sentenciaban a hombres, mujeres y niños: una visión amarga en la que escuchaba los lamentos y sollozos de campesinos tumbados boca abajo, maniatados, pisados, aguardando el tiro de gracia mientras eran torturados; hombres y jóvenes decapitados, ultimados a machetazos; cuerpos desnudos quemados, ancianos empujados o derribados a culatazos, insultados, orinados o salivados, entre las carcajadas de unos sádicos soldados envenenados de odio. Viejos que en un último intento de dignidad respondían con inútiles golpes al aire que aceleraban su final. Una visión aterradora en la que mujeres despojadas de su delantal, de su huipil de su faja, llenas de lágrimas, avergonzadas, eran humilladas y desgarradas por turno ante la mirada obligada e impotente de familiares, vecinos o desconocidos: agonizaban jadeantes, exhaustas, ultrajadas. Un lugar donde la brutalidad también alcanzaba a los niños que eran golpeados, lapidados o estrellados contra los muros o arrojados a las corrientes de los ríos matando para siempre la inocencia.

Podía observar como grupos de hombres eran apresados y llevados sin saber muy bien por qué a las cárceles locales, al destacamento militar de Chupol, en el municipio de Chichicastenango, en esa misma carretera en las que nos encontrábamos y donde los desafortunados indígenas muertos de miedo, hacinados en camionetas, eran trasladados después de ser capturados. Una tragedia que ocurrió por esas tierras que ese día estaban mojadas.

Fueron días de huidas en la madrugada, de ocultarse en la naturaleza, de besos dados a los niños con la mirada, de despedidas urgentes, de manos que temblorosas se acariciaban, de registros, de controles: días de dolor infinito.

Volviendo de la abstracción, escuchando inglés de nuevo, mirando los paisajes, recordando las sonrisas, evocando a las víctimas, me dieron ganas de acompañar con lágrimas ese día de lluvia.

2 comentarios:

Myriam dijo...

A veces, cuando el dolor es grande, la lluvia ayuda a a compañar las lágrimas...

Y que cierto que hay Guerras que a Europa no interesa... Yo vivía en Suecia en esos años y nime enteré de ella. Cuánto cinismo... e intereses creados.

Beos

Fernando López Fernández dijo...

Asi e Myr:

Solo nos interesan las cosas cuando nos tocan muy de cerca. Y es una pena.
Un beso

Soul Business

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