jueves, 16 de abril de 2009

La paradoja del conocimiento: más es menos; pero ese menos es más.

A medida que pasan los años voy comprendiendo mejor lo que Sócrates en su famosa frase «sólo sé que nada sé» realmente quería expresar. No creo que al pronunciarla, lo hiciese movido por la virtud de la humildad (de hecho, Sócrates sabía que poseía un conocimiento superior a sus contemporáneos y cobraba bien por transmitirlo como escribí en el post «Sócrates y el valor de las cosas») sino por el sentido común y la consciencia de que el conocimiento que podemos adquirir es limitado. Es científica, material, racional, emocional y subjetivamente conocer, saber, comprender aprender y almacenar toda la información que recibimos, la que hoy tenemos y la que mañana dispondremos. Incluso si limitásemos el conocimiento a una o varias materias o disciplinas nunca llegaríamos a ser sabios porque, al igual que la energía, la sabiduría ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, y en esa transformación siempre hay «fugas» que se presentan en forma de conjeturas o hipótesis basadas, en ocasiones, en nuestra propia subjetividad: aunque no hubiese «fugas» y tuviésemos toda ese conocimiento, su utilidad sería limitada porque aunque se compartiese, a los receptores les costaría asimilarlo y entenderlo (siempre y cuando estuviesen interesados en adquirirlo). Por otro lado tendríamos que discernir si la sabiduría, el conocimiento, es una cuestión teórica o práctica, una mezcla proporcionada de las dos o si es más importante la una sobre la otra.

Sócrates en su paradójica frase nos advirtió que a medida que crece el conocimiento, también lo hace la conciencia de lo ignorancia. Cuanto más sabemos, más queremos saber y es entonces, cuando nos damos cuenta de que cuanto más sabemos menos sabemos, aunque sabemos que sabemos más que cuando no sabíamos: un galimatías.
A medida que pasan los años me voy dando cuenta de todo esto y de que merece la pena aprender cosas nuevas, adquirir conocimientos nuevos, formarse, estudiar y disfrutar con estas contradicciones. Es una riqueza que podré atesorar sin preocuparme de perderla ni de que nada ni nadie me la arrebate; una riqueza que nadie me va a fiscalizar. La pena es no haber empezado antes pero nunca es tarde para aprender.
Os dejo una historia china que encontré el otro día leyendo un libro de cuentos de China que encontré en la biblioteca de mi madre: me gustó mucho.

Una historia china cuenta que el noble Ping de Dsin había cumplido setenta años. Tenía un músico ciego también de avanzada edad, que además era su confidente. El noble se lamentó:
¡Qué pena ser tan mayor! Ahora, aunque quisiera estudiar y emprender la lectura de libros importantes, ya es demasiado tarde para ello.
El músico ciego pregunto:
— ¿Por qué no enciende la vela?
El noble se quedó perplejo con aquella respuesta. ¿Es que su súbdito trataba de mofarse de él?
Dijo:
— ¿Cómo te atreves, osado, a bromear con tu señor?
La irritación del noble era evidente.
— Jamás bromearía un pobre músico ciego como yo con los asuntos del señor. Nunca osaría una cosa tal, pero prestadme un poco de atención.
El noble se calmó, y el músico ciego dijo:
— He oído decir que si un hombre es estudioso en su juventud, se labrará un futuro brillante como el sol matinal; si estudia cuando ha llegado a una edad mediana, será su futuro como el sol de mediodía; si empieza a estudiar en la ancianidad, lo será como la llama de una vela. Aunque la vela no es muy brillante, por lo menos es mejor que andar a tientas en la oscuridad.
Ese mismo día el noble comenzó a estudiar.

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