sábado, 4 de abril de 2009

Cuentos de las noches tristes: la vida en un hilo

Había sido un día duro de trabajo. Uno más. En realidad, todos los días estaban envueltos en una agria rutina. Sólo cambiaba el decorado. Unos días con la lluvia de fondo, otros; con un calor insoportable.

Jacobo conversaba con María y se quejaba amargamente de la vida que le había tocado vivir.

Estoy harto de mi vida - comentaba. A menudo parece carecer de sentido. Me paso el día trabajando y no tengo ni un segundo para mí. El jefe cada día nos exige más y debemos doblar turnos. La competencia - le oí decir al encargado - nos obliga a ser más productivos, a realizar más horas, a cambiar cosas; incluso, pude advertir, que está pensando en sustituirnos porque según dijo la empresa necesita sangre nueva.

María le miraba sin pronunciar palabra. Sólo en su pálida cara, se adivinaba un gesto lleno de melancolía y preocupación. Conocía a Jacobo desde hacia años y observaba que aquella jovialidad y energía que siempre había tenido había desaparecido; había marchitado con los días.

He trabajado duro durante toda mi vida – continuó Jacobo. He hecho todas las horas extras que me exigían; he obedecido todas y cada una de las órdenes que él o Pérez, el nuevo encargado, me han transmitido. He sido siempre un simple peón, una prolongación de sus pensamientos. A menudo he tenido que dar la cara delante de los clientes; clientes que unas veces estaban enfadados, muchas irascibles; clientes que han pagado conmigo sus insatisfacciones, sus problemas...Hasta me han llegado a insultar. Yo sabía que nuestro último trabajo no era bueno, que no iba a tener aceptación y que la gente se iba a quejar.

María escuchaba reflexiva y recordaba los primeros días de Jacobo en la empresa.

Había llegado un día de abril, elegantemente vestido, muy acicalado; hablando por los codos; servicial y amable con todo el mundo; con esa sonrisa infantil y limpia que tienen aquellos que tienen ilusión. Era casi un niño cuando comenzó a trabajar, pero era espabilado y atento. María recordaba sus bromas, su alegría llena de vitalidad ingeniosa que provocaba eternas carcajadas entre los compañeros cuando contaba sus historias: parecía tan feliz.

Ahora, en su rostro, sólo veía la tristeza que deja la derrota.

Jacobo continuaba vaciándose: «Además, nunca me han dejado aportar mi propia creatividad, mis ideas. Siempre siguiendo el guión establecido o probar con lo que estaba de moda. Antes no me daba cuenta porque creía que llegaría lejos, que sería importante, que en el futuro en la empresa se hablaría de mí como de Don Manuel el segundo presidente que tuvo la Compañía, pero me he dado cuenta que desde que llegué todo han sido golpes y zancadillas. Acuérdate como se reían de mí al principio por tener este flequillo y llevar ese traje de cuadros. Lo pasé mal: era el único que tenía y debía ser muy cuidadoso para no mancharlo, pero eso no parecía importarles; o esa otra vez en la que después de que despidieran a Lucas tuve que asumir su papel, desdoblarme. Nadie me lo agradeció. Ahora con los cambios y la llegada de José María, que como sabes es el preferido del jefe, me llevo todas las broncas y palos. El, con su verborrea y actitud, ha provocado una situación que cada día que pasa se me hace más cuesta arriba trabajar y sonreír. Sabes que ha hablado mal de mí y ha dicho cosas que no son ciertas; me ha acusado de ser el único responsable del descenso de las ventas y cosas peores.»

¿Por qué no te vas? – preguntó María.

Sabes bien que no es fácil salir de aquí. Lo he intentado otras veces, pero tampoco me han dejado. Me han llegado a decir que si me voy no volveré a trabajar en ésto que es lo que más me gusta. Tengo miedo y necesito ayuda para dar ese paso - respondió Jacobo. Además, estás tú... eres mi mejor amiga.

¿Y qué harías? –indagó María curiosa.

Vivir, llenarme de vida. Saludar a todo el mundo de una forma natural y no forzada, tener mi propia empresa, estudiar, viajar por placer, presentar mis ideas en todos los sitios, cantar… ¡Tantas cosas!

María, con un gran esfuerzo, consiguió cortar uno a uno los hilos que a Jacobo, (una marioneta de madera y trapo) le unían a su destino.

- Yo, sabes que no puedo irme, sería el final de la empresa. No te olvides de mí, piensa en mí, aunque sea de vez en cuando, aunque sea sólo un instante. Con eso sería feliz dijo María con una mirada que por momentos se hacia vidriosa. Jacobo la beso. Un reguero de lágrimas secas, lágrimas de marioneta que desteñían levemente los ojos se convirtieron en un agridulce adiós.

Y es que, en esta vida, siempre hay alguien dispuesto a ayudarnos. Sólo tenemos que decirlo.

Nuestros miedos, nuestras obligaciones, nuestros compromisos nos obligan a demorar o aplazar sine die decisiones que sabemos que debemos tomar para buscar eso que anhelamos y que se llama felicidad. Hay algo que nos bloquea y nos impide salir a buscarla. En ocasiones, somos incapaces de cambiar y nos auto justificamos y auto engañamos pensando que siempre habrá un momento para hacerlo. Como en el cuento, siempre hay gente dispuesta a ayudarnos. Jacobo pidió demasiado tarde la ayuda, pero cuando lo hizo la consiguió.

¿Dónde está Jacobo ahora?

Este es uno de los «Cuentos de las noches tristes» y donde esté Jacobo y lo que haga sólo lo sabe tu imaginación.

2 comentarios:

Cubelli dijo...

que gran verdad y que bien expuesta, y ejemplarizada, es alucinante como sigues sacando tiempo.

Fernando López Fernández dijo...

Gracias por pasarte por aqui Cubelli. El tiempo, como todo , es relativo, es una cuestión de organización.

Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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