miércoles, 4 de marzo de 2009

Se necesitan buenos agricultores

Los he visto aventar el cereal en los amarillos campos de Castilla, remover la tierra con la azada en los huertos de Galicia, hundirse cabizbajos en los arrozales de Vietnam, desbrozar con un machete las malas hierbas en Guatemala, subir los aperos a la camioneta después de una dura jornada en México, Turquía o Brasil, caminar con sacos por las carreteras indias. Los he visto en Europa, en la Ribera Mediterráneas, en la grandiosa América, en las tierras de África, en la enigmática Asia. ¡En tantos sitios! Son los agricultores.

Me han hablado sólo con la mirada, he sentido la aspereza de unas manos duras y callosas; de dedos gordos y uñas sucias; han desconfiado de mí y a la vez se han acercado. ¡Me han dicho tantas cosas con sus silencios y sus palabras!

Se están extinguiendo por aquello que llamamos progreso y que ha convertido su arte en industria. Paradojas de la vida, fueron ellos quienes posibilitaron una de las mayores transformaciones habidas en la historia de la humanidad: La agricultura. Fue hace muchos años, en el Neolítico. Se pasó de la caza y la recolección al cultivo; se paso del nomadismo al sedentarismo (origen de lo que hoy llamamos pueblos, comarcas, regiones o países) y todo lo que conlleva: reorganización de la sociedad, nuevas normas, autoprotección, división del trabajo, etcétera. Pero este no es un post para escribir sobre la evolución de la agricultura ni para valorar si son mejores unos métodos de cultivo u otros, ni siquiera para cuestionar la inmensa diferencia de precios que existe desde el origen al consumidor. Ese es un debate para otra ocasión.

Quiero hablar de aquellos agricultores que aman la tierra que la naturaleza, las circunstancias o la herencia les confió; de aquellos que se hicieron por vocación y que, cuando cultivan, no lo hacen pensando en la subvención sino en vivir dignamente del fruto de su trabajo. Personas que entienden que para recoger una cosecha hay que trabajar duro, que incluso cuando vienen mal dadas se pueden lamentar, pero vuelven a empezar porque están vinculados a la tierra, porque la aman y porque lo que más les satisface es poder mostrar el resultado de su trabajo y compartirlo, aún sabiendo que en muchos casos no es valorado. Gente que cuida la tierra, ecologistas convencidos para los que el medio ambiente es un todo.

A los agricultores, a los campesinos, a los labradores siempre se los ha relacionado con incultura y pobreza, con desden e indiferencia. Cierto, pero no lo es menos que esa situación tiene sus orígenes en la opresión que en forma de esclavitud, vasallaje y otras formas de explotación, les impidió acceder a riquezas, números, ciencias y letras. Aún así, creo que en su interior albergan una gran sabiduría.

Decía Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) que la agricultura es el arte que enseña la virtud al hombre y la base de la opulencia de las naciones. Estos hombres, de virtudes saben mucho. Posiblemente no sean expertos en protocolo ni en reglas de urbanidad. Muchos apenas sabrán leer, ni lo que significa marketing, ni management, ni briefing, ni casi todo lo acabado en «ing». Saben de su negocio: saben que para recoger primero hay que sembrar y que antes de esparcir la semilla hay que preparar el terreno; que para que germine ésta hay que abonar, regar y tener paciencia; que cuando brota el cultivo hay que cuidarlo con mimo y arrancar las malas hierbas; y que una vez haya crecido todavía hay que esperar el momento adecuado para recoger la cosecha. Estos procesos, los realizan en la más absoluta incertidumbre sin que se pueda asegurar el éxito final, a pesar de haber tomado todas las medidas para que no ocurra. La climatología en forma de sequía o exceso de lluvia, el granizo, el frío, el calor pueden acabar con todo el esfuerzo; la naturaleza en forma de plagas de insectos, roedores o bandadas de aves (que hacen un alto en su camino y que además no temen al espantapájaros) pueden devorar en minutos las ilusiones de muchos meses.

Si a esto le añadimos las decisiones que se toman en unos despachos -que no han visto ni en fotos porque precisamente están cuidando de sus cultivos- en los que cuando se habla de remolacha, de zanahorias, de ajos o avena se hace en el lenguaje de los índices «puntocomacerocuatro: en Chicago tenemos un problema» y la dureza de un trabajo que corta el cuerpo, destroza huesos y afea el cuerpo, la verdad es que no puedo sentir más que admiración por ellos.

Hoy en una reunión con la plantilla ponía a estos hombres de ejemplo. Les decía que teníamos que pensar y trabajar con la actitud del agricultor; que habíamos sembrado mucho, pero que el pedrisco (crisis) también no estaba dañando y que teníamos que seguir sembrando, bien desarrollando nuevos cultivos (productos), bien mejorando los que conocíamos: que de aquí en adelante tendríamos que acostumbrarnos a vivir con la incertidumbre de que nuestra seguridad laboral, como las cosechas, no están garantizadas; pero que trabajando, trabajando y trabajando tendríamos más posibilidades de conseguir el objetivo estratégico más razonable y alcanzable para los próximos años y que no es otro que sobrevivir y disfrutar con lo que hacemos.

Como decía Jovellanos la agricultura enseña la virtud al hombre. El testimonio de esas manos, de esos rostros nos la muestra cada día. En estos tiempos se necesitan buenos agricultores.
Posted by Picasa

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