martes, 31 de marzo de 2009

Lluvia acompañada de lágrimas I parte


En el post «El viaje, el mejor aprendizaje experiencial» hablaba de las principales motivaciones que nos llevaban a realizar un viaje. Estas eran: la curiosidad, que nos empuja a descubrir nuevos lugares y a conocer otras culturas; el cambio alejamiento para tomar perspectiva; la activación de unos sentidos que se enfrentan a olores, sabores y sonidos desconocidos; o la necesidad de expresar lo que sentimos que nos hace interpretarlo y contarlo.

Todas estas experiencias como os adelanté irán apareciendo en Soul Business bien como notas o anécdotas, bien como capítulos de mis diarios de viaje. Hoy y mañana os dejo el capítulo Lluvia acompañada de lágrimas de «Los sueños perdidos» donde relato el sentimiento de tristeza que, en ocasiones acompaña a los viajes cuando no sólo quieres ver sino también comprender.

Lluvia acompañada de lágrimas I parte - Los sueños perdidos

El hombre lucía un sombrero de paja tipo Panamá que le confería un tono distinguido. Vestía una camisa blanca y un pantalón color crema que le llegaba a las rodillas. Parecía merodear al borde de unas gradas que se elevaban hasta la puerta de una iglesia. En los primeros peldaños, un grupo de mujeres morenas, de pelo negro trenzado vestidas a la manera indígena, permanecían sentadas rodeadas de flores, bultos o sacas. En los escalones superiores, desparramados y difuminados por un humo que ascendía en ziz zag, varios hombres sentados de forma relajada en grupito o individualmente, pero ausentes unos de otros, completaban una estampa en la que intensos ocres y luz saturada sugerían una próxima puesta de sol.

Recuerdo haber visto muchas veces esa foto en un libro. Siempre me quedaba embobado observándola. El pie de foto decía Chichicastenango. No era la típica foto que atraviesas con los ojos y la olvidas. Había algo en ella que te fijaba la mirada, que traspasaba el papel irradiando una energía que se apoderaba por unos instantes de cuerpo y mente trasladándote a una dimensión donde se entrecruzaban los deseos, el temor y la curiosidad. Al principio no sabía donde ubicar esa población en un mapa; creía que pertenecía al norte de México. Su sonoro nombre y las fabulaciones que yo inventaba con la instantánea, hacían que Chichicastenango se me antojara como un lugar mágico donde algún día, en esas mismas escaleras, me sentaría a hacer no se qué muy bien, pero con la certeza de que ello me produciría una enorme deleite.

A las doce de la mañana, el servicio de lanzadera me había venido a recoger al pequeño hotel familiar donde me hospedaba. Iba, como me habían anticipado en la agencia de viajes, semivacío: tres parejas USA, que pasaban los cincuenta, dicharacheros y simpáticos con los que charlé de todo un poco (ellos en inglés y yo en el mismo dialecto que hablaban los indios sioux en las películas del Oeste) y un matrimonio rostro pálido que, a juzgar por su escaso interés en relacionarse con el resto de pasajeros, la desgana con la que recibieron mi ofrecimiento de cederles mi asiento para que fuesen juntos y la incompatibilidad de sus ojos cuando se cruzaban, auguraban un divorcio próximo. Todos, habíamos pagado un sobreprecio por viajar el miércoles, día previo al turístico mercado de Chichicastenango: los jueves y domingos, el trayecto ida y vuelta a Panajachel o continuación hasta Antigua valía menos de la mitad. Creo que esa fue la razón de que la edad media del pasaje pasase ampliamente los cuarenta y no me reencontrase con viajeros más jóvenes como había sucedido en días anteriores. En cualquier caso, me enriqueció mucho la compañía de los americanos, pues además de ser agradables en el trato – cualidad que se aprecia mucho en la vida -, contaban cosas interesantes, me daban pistas sobre mis próximos destinos, perdonaban los destrozos que hacía de su idioma, se esforzaban por entenderme y escuchaban sin interrumpir cuando alguien hablaba: asunto este que no suele darse entre los españoles a los que nos gusta hablar pero rara vez escuchar cuando conversamos en grupo.

La camioneta ascendía lenta, renqueante por lo empinado de una carretera que en cada curva dejaba una postal fugaz e inmediata que era sustituida en cada volantazo por otra. Un camino que regalaba paisajes montañosos en los que las rocas desnudas parecían precipitarse; bosques de pinos que se desperdigaban por las laderas, alguno de ellos inclinándose en dirección al lago de Atitlán, como si avanzaran para sumergirse en unas aguas que a medida que nos alejábamos reflejaban el color de un cielo claro; helechos y vegetación desparramados sin sentido por cualquier recoveco dejado por la tierra; alguna cascada de caudal fino y brutal que jugueteaba con la piedra dejando al morir una sombra en la vía… Abandonábamos, no se si el lago más bello del mundo, pero si quizás el que encerraba más misterios: el que a lo largo de su historia había visto más dolor, más injusticias, pero también más vida.

Cruzamos la población de Sololá atascados por la actividad de un día inusualmente ajetreado que estrechaba aún más las desordenadas calles de pendientes desiguales en las que viejas camionetas pretendían maniobrar en espacios imposibles. En ese caos, improvisados reguladores de tráfico ayudaban a un conductor a recular su autobús que había quedado encajonado entre un motocarro mal aparcado y la calzada, y cuyo motor rugía desesperado vomitando humo negro y olores de goma quemada que asfixiaban el ambiente.

Continuamos hacía Los Encuentros, cruce de caminos de la carretera interamericana y vía de acceso al departamento del Quiché. La carretera estaba en obras, o eso me pareció, porque en algunos tramos la tierra dibujada por la marca que dejaban los neumáticos cubría el asfalto: sólo dos grandes paneles que señalaban los destinos te convencían de que realmente estabas en la carretera más importante del país.

Debido al embotellamiento que entre todos (automóviles, autobuses, camionetas, furgones) habíamos organizado, girar hacía Chichicastenango nos llevó más de quince minutos. Hasta ese momento, los pasajeros habíamos estado charlando de esto y aquello, comentando, desde que habíamos dejado Sololá, lo complicado que parecía conducir en Guatemala, aportando anécdotas de nuestras experiencias en tierras guatemaltecas y otros países.

En la bajada hacía Chichicastenango, el cielo se amorató y comenzó a llover de otoño; de mirar melancólico por el cristal de la ventana. A medida que se intensificaba la lluvia lo hacía el silencio. En unos minutos, dejaron de escucharse nuestras palabras, sólo el sonido del motor y el del agua golpeando contra el cristal y la chapa. Circulábamos por una sinuosa carretera de subes y bajas, con múltiples cambios de rasante que atravesaban valles de un color verde oscurecido por el agua donde el eco lo producían distantes bocinas que respondían al afónico claxon que parecía tocar en Morse, en cada curva, nuestro conductor. Un paisaje en el que en la lejanía se veían vacas pastando y, en la cercanía, diligentes niñas que pastoreaban ovejas o cabras, y saludaban a nuestro paso dejando sus sonrisas en nuestras almas.

Continuará

2 comentarios:

Myriam dijo...

Guatemala es para mí una asignatura pendiente, que ganas de visitar ese mercado de los jueves y domingos, la Iglesia de Stanto Tomás en Chichicas-...eso, que no me acuerdo ya el nombre jajajajaja.

Efectivamente, muchos de mis viajes fueron para conocer culturas nuevas, tomar perspectivas diferentes sobre mi "puñetera vida" (pasada) y comprenderla al poder redimensionarla. Luego fué también regresar a visitar a mis afectos. Esos que fuí regando en mi camino y que aún hoy conservo e incremento, porpue sigo caminando.

Paso a la segunda parte del relato.

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr.

Asignaturas pendientes siempre tendremos, pero si seguimos caminando como dices muchas de ellas nos ayudarán a crecer y pasar con nota en esto que se llama vid.
Un beso.

PD Estoy seguro de que cuando vayas te encantara.

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...