sábado, 21 de marzo de 2009

Donde nacen los sueños Chamulas II parte


El suelo de la nave estaba cubierto por un denso follaje de hojas de pino desparramadas anárquicamente sobre el piso, formando una alfombra resbalosa que rodeaba cientos de velas encendidas simétricamente ordenadas, de diferentes tamaños y colores y frente a ellas, sentados o hincados de rodillas, grupos familiares y feligreses, absortos del mundo, rezaban, lloraban, gemían, pedían o gesticulaban. Esa primera contemplación, unida al olor entremezclado que emanaban las hojas de pino, del copal que a modo de incienso ardía en diferentes puntos y que rompía los vaporosos halos de luz que entraban por la ventana, los finos hilos del humo que desprendían las velas que impregnaba el ambiente, todo ello, me había sumido en una especie de alucinación que requería tomarse su tiempo para asimilar lo que ocurría. Comencé a andar a pasitos, tentando el suelo, cuidando de no derrumbar los cirios. Quería absorber todo y me asombraba buscando con la mirada en tres dimensiones las claves que me ayudasen a descifrar y comprender los rituales múltiples que se celebraban.

De diferentes anclajes situados en la cubierta caían colgaduras de telas estampadas en forma de uve invertida, sucias de hollín por el humo de las velas y el incienso. En los laterales de la iglesia, numerosas vitrinas de cristal encerraban santos católicos infantilmente coloreados; algunos tallados en madera. Otros, toscas esculturas de yeso, piedra o cerámica; pero la mayoría cubiertos con telas y listones, algunos muy engordados por los varios vestidos que portaban. Allí moraba sino todo, casi todo el panteón celestial: San Antonio de Padua, San Sebastián Pastor, San Marcos, San Lucas, Santiago, Santa Rosa de Lima, la del Carmen, Santa Marta, San Miguel Arcángel, San Judas Tadeo, los Pablos, San Pedro el de las Llaves… De sus cuellos colgaban uno o varios espejos que según supe era por si a alguien se le ocurría hacer mal de ojo, o algún turista intentaba fotografiarles, o como escuché a una guía, que explicaba en voz baja a un pequeño grupo que estaba cerca de San Marcos, «el espejo sirve para reflejar la imagen de quien se confiesa porque el ser humano nunca podría engañar a sus propia imagen». También me enteré de que a un santo, del que no recuerdo nombre ni milagros, lo habían vuelto cara a la pared castigado, como si hubiese sido un mal alumno, por no haber atendido o solucionado el encargo suplicado.
Al fondo de la iglesia y vigilado por mayordomos bastón en mano, se exhibía el altar presidido por San Juan Bautista «Señor de los Chamulas». A un costado, en un segundo plano, se hallaba la imagen de Cristo que para los Tzoztiles es una deidad maya, pues creen ellos que Cristo se levantó de la cruz para convertirse en Sol.

Una vez hube curioseado visualmente la iglesia me dediqué a observar los diferentes rituales que se llevaban a cabo. Una Ilole o curandera colocaba velas en el suelo de forma parsimoniosa. Lo hacía de manera solemne, estudiando la ubicación de cada bastoncillo de parafina. Hincada de rodillas frente a la imagen de San Miguel Arcángel, y ante la atenta mirada de la mujer para la cual hacía el rito y dos o tres turistas que allí nos encontrábamos, iba disponiendo velas de color blanco, de una en una, ordenándolas por hileras, de menor a mayor, encendiéndolas mientras recitaba frases o plegarias incomprensibles para mi en un tono de voz elevado que en nada recordaba a las recogidas oraciones o ruegos que se realizan en las iglesias católicas. Bebió primero de un frasco pequeño; luego de otro. Segundos después tomó una gallina de blanco sucio que albergaba en su regazo y la restregó con mimo contra el cuerpo de la mujer. Desplazaba el ave una y otra vez sin dejar de pronunciar sus ruegos y oraciones: con ello, conseguiría pasar los males de la mujer a la gallina, además de marearla. Más tarde, la depositó en el piso y durante unos momentos o minutos, que a esas alturas ya no sabía medir el tiempo porque me encontraba algo turbado y embobado con esa visión, aumentó el silencio creándome un desasosiego triste porque en esos momentos, a pesar de la curiosidad que me había llevado a San Juan Chamula, sabía que estaba profanando algo muy íntimo, invadiendo un lugar que exigía el más celoso respeto. La situación me incomodaba, me avergonzaba y me hacía sentir algo estúpido; yo no era quién para turbar, si quiera con mis ojos, aquellos instantes, aunque no podía evitar sentirme atraído hacia ello.


La curandera volvió a prender la gallina. La izó y la menó cabeza abajo por encima del humo de las velas. Volvió a depositarla en el suelo e imploró al santo casi con sollozos, muy concentrada en lo que hacía, mientras el corazón del ave latía resignado deseando su final. Unos minutos después elevó el pollo y retorció su pescuezo con un movimiento preciso muriendo a los pies de las velas. Se produjo un silencio que aproveché para continuar mi particular peregrinación.
Para los Chamulas, cuando una persona sufre de un mal se limpia su cuerpo con un huevo, símbolo de la fertilidad o con un gallo, si el mal es grave. La enfermedad y el pecado se irán con el gallo o en el huevo a freír espárragos.

Algunos hombres bebían un aguardiente de maíz llamado Posh y otros Coca Cola y refrescos. De cuando en cuando eructaban porque así se expulsan en Chamula a los espíritus y los pecados. Dialogaban en voz alta, valiente sin importar si eran escuchados por el resto de los hombres, porque en ese momento estaban hablando directamente de tu a tu, con absoluta convicción, a sus dioses.

A medida que avanzaba la mañana las velas iban iluminando prácticamente todo el templo. Apenas quedaban unos pequeños pasillos cuya anchura limitaba el espacio para dos cuerpos, uno de entrada y otro de salida; cuerpos que se rozaban y en ocasiones se restregaban a medida que más fieles se sentaban a rezar y comenzaban a disponer en el suelo o en pequeñas bancas las velas (que en la mayoría de la iglesia eran blancas y que sirven para pedir salud) , pero que en algunos rincones eran de colores: amarilla para el trabajo, verde, como no podía ser de otra manera, para la esperanza y negras para «joder» a alguien.

Y ahí, en el piso, de rodillas, sentados y alguno de pie, estaban los habitantes de San Juan Chamula, realizando sus ritos, agradeciendo favores a sus sincréticos santos, pidiendo su ayuda, pero sobre todo soñando. Soñando con vencer las enfermedades, soñando con la derrota de los problemas, soñando con deshacerse de las aflicciones del alma, soñando con el amor, soñando…

No permanecí mucho tiempo más. Antes de salir de la iglesia, un mayordomo recogía los restos de la parafina derretida y limpiaba el suelo. Un Chamula abandonaba el recinto. Había eliminando las malas energías, arreglado sus cosas y seguramente había concebido el nacimiento de un sueño. Un sueño Chamula.

2 comentarios:

Myriam dijo...

Qué interesante observar todo este sincretismo del que hablas y este rito de limpieza que presenciaste en ese templo. Debió de ser una experiencia alucinante y entiendo perfectamente cuando dices que hasta te sentías incómodo de entrometerte en su privacidad.

Me encantó lo del espejo. Cuánta verdad en ello ¿puede el hombre engañar a su propio reflejo?

Que gusto me da leer tus historias FERNANDO, me siento en virtud de tus palabras, transportada a esos lugares.

Un abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Hola de nuevo Myr:

Pues me vas a sonrojar. A mi me encanto también lo del espejo por lo simbólico que tiene también.

Muchs gracias por pasarte Myr
besos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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