viernes, 20 de marzo de 2009

Donde nacen los sueños Chamulas I Parte


Me lo contaba esta mañana uno de mis hermanos. Uno de sus hijos había regresado encantado de Roma después de pasar unos días de vacaciones. Me decía lo importante que era viajar para comprender y entender quienes somos y por qué somos así; lo mucho que le gustaba el programa «Españoles por el mundo» y lo que se puede llegar a aprender con los viajes. Uno de los ejemplos con los que ilustraba su argumento era el de la religión: «los que hemos nacido en un entorno católico nos escandalizamos con las costumbres o prácticas religiosas de otras culturas como la musulmana o la hindú y sin embargo nos parece de lo más normal adorar a un Dios que se representa mediante la figura de un hombre golpeado, crucificado y lleno de sangre por todos lados».

Tiene razón. Si lo pensamos objetivamente, tan extraño es esto, como adorar a Ganesh el dios elefante, o aceptar algunas costumbres de los mormones, o de los judíos. El conocer otras culturas y religiones ayuda a comprender muchas cosas aunque no se compartan; también a respetarlas.

La naturaleza del hombre es religiosa. Lo he podido comprobar en muchos lugares del mundo. Todos los pueblos creen en series superiores y, de alguna manera, en la inmortalidad del alma y el espíritu. Lo que varía es el enfoque y la práctica pero la esencia suele ser la misma: la creencia en un ser o en un orden superior que rige nuestras vidas. Viajar ayuda a comprenderlo, y a comprender mejor a los hombres.

La globalización no es un invento de fines del siglo pasado. Es el resultado de muchas pequeñas fusiones entre los hombres a lo largo de los siglos. Hoy prácticamente todas las razas están «tuneadas.» A este fenómeno no escapan las religiones.

Uno de los ejemplos más conocidos lo encontramos en el sincretismo religioso de muchos pueblos mayas que han hecho de la religión católica una versión muy libre (y adaptada) a sus propias creencias religiosas en la que se han fundido elementos de las dos.

En San Juan Chamula, un pequeño pueblo situado a diez kilómetros de San Cristobal de las Casas en el estado mexicano de Chiapas, el viajero se asombrará al observar cómo el culto católico y el maya se han mimetizado de tal manera que realmente no se sabe muy bien cual es la religión que practican; pero la esencia es la misma.

Eso ocurrió durante mi visita el año pasado a Guatemala y México donde en lugares como Chichicastenango, Santiago de Atitlán o San Juan de Chamula pude saber mucho más sobre los hombres y sobre mí mismo.

Os dejo la primera parte del capítulo Donde nacen los sueños Chamulas de mi diario de viaje «Los sueños perdidos». Mañana, la segunda.

San Cristóbal había amanecido limpia, de empedrado reluciente y colonial que deslumbraba en aquellos tramos donde el Sol iba acomodándose en el día y calentaba a las pocas personas que se aventuraban en las vacías calles de la mañana del domingo. En el Parque Central apenas se adivinaban un montón de pájaros chillones que revoloteaban entre los árboles rompiendo el silencio mientras que los primeros fieles se acercaban a una catedral que ya había abierto su regazo a las almas.
Atenazado por la ansiedad de visitar San Juan de Chamula sin la previsible marabunta de turistas que como yo asistiríamos a un lugar sagrado, me había levantado temprano y atravesaba las cuadras conjeturando sobre lo que allí me iba a encontrar y cual sería mi reacción ante las diferentes experiencias que me aguardaban: no en vano, la lectura de algunos episodios ocurridos en Chamula, y la especial manera de profesar la religiosidad de sus habitantes, me habían intimidado un poco tirando a bastante. No soy pusilánime, pero cuando los usos, las costumbres y la religión se aúnan alienando a una colectividad, es mejor ser prudente: y es que San Juan Chamula se rige por un sistema de autogobierno donde sus dirigentes y cargos públicos son elegidos por sus méritos, el respeto que se hayan ganado en la comunidad y supongo, que como en todos los sitios, por influencias, tejemanejes y sobornos, porque el ser humano es propenso a corromper al prójimo cuando la recompensa es el poder o el dinero.
Los Tzotziles tienen fama de ser muy independientes. Aferrados a sus tradiciones, el estado de derecho para ellos es una entelequia y cualquier intromisión en sus asuntos tiene serias posibilidades de acabar como el «Rosario de la Aurora». Ya los conquistadores españoles experimentaron en sus propias carnes como se las gastaban los mayas Tzotziles cuando les costó Dios y ayuda someterlos política y militarmente; que religiosamente como ocurrió en otras comunidades mayas nunca lo consiguieron, o al menos como lo habían pensado, en este episodio de la historia, los frailes dominicos que acompañaban a los soldados imperiales; o más tarde, en 1869, en Tzajaljemé donde se enfrentaron a criollos y mestizos durante la Guerra de las Castas; o en los primeros años del siglo XX con el legendario «Pajarito» un tipo de armas tomar que tuvo en jaque al Estado Mexicano durante bastante tiempo.
En mi paseo, yo me reía para mis adentros imaginando al soldado historiador Bernal Díaz del Castillo intentando controlar y gobernar la encomienda de Chamula que le había sido otorgada , explicando a los indígenas – «con mucho amor» según relataba en sus crónicas - las cosas tocantes a la Fe Cristiana. Paseaba, ya digo, como un tejedor de momentos pasados, presentes y futuros.
En esos juegos de la mente en los que me mimetizo con la historia, me llegué a la terminal de colectivos, muy próxima al mercado municipal, y fácil de ubicar por las indicaciones que asomaban en algunas calles. Cuando entré tan solo había cuatro personas, además de dos chóferes y un encargado esperando más viajeros. Un cartel avisaba a los usuarios que si transportaban aves lo hiciesen en cajas de cartón o en bolsas, pero que por favor no asomasen las aves. Subí al colectivo deseando con todas mis fuerzas no tener ni caja de cartón ni bolsa con inquilino cerca de mi y me situé en la parte trasera al lado de un adolescente que no respondió ni a mis buenos días ni a mi sonrisa. En pocos minutos se fue completando el pasaje. Subieron por este orden: una mujer, que llevaba una caja de cartón sin bicho y una bolsa con frutas y tortillas recién hechas que exhalaban aroma de maíz caliente; dos revoltosas niñas vestidas de azules y negros, con el pelo recogido en trenzas desiguales, que mascaban pedacitos de tortilla que su madre les había ofrecido. Las tres, después de examinar el interior de la camioneta, se sentaron en los lugares más alejados de mí; luego un hombre flaco y fibroso que montó tras ellas, agarraba en una mano una bolsa negra como las de la basura por la que sobresalían hojas de plantas a las cuales parecía hablar porque mascullaba palabras, mirándolas mientras las manoseaba con sumo cuidado. Con la otra mano sujetaba un monedero de tela. Dos hombres más: uno con camisa de cuadros y otro con camisa blanca, ambos con gorras de béisbol, que minutos antes habían discutido con un tercero; una mujer desdentada y enorme que sujetaba con fuerza varios bolsos tejidos con diferentes dibujos; un loco, o al menos eso me pareció, porque movía la cabeza convulsivamente y hablaba de dos tonos; y finalmente una familia de seis personas que llevaban varias cestas con pasteles y a los que hicimos sitio como pudimos, acoplando las cestas entre los escasos huecos que quedaban. En ese cubículo, tenía la sensación de no ser bien recibido, de ser un intruso, un inoportuno compañero de viaje. Ninguno habló en español durante el trayecto aunque, para ser más preciso, nadie habló durante el recorrido de casi diez kilómetros de una carretera adornada por verdes colinas en la que se veían parcelas de maíz cultivado y algunos indígenas limpiando las malas hierbas.
Al observar como mis compañeros de viaje se erguían respetuosos ante la visión de tres cruces, que representan a los tres barrios de Chamula, ubicadas a la entrada del pueblo, supe que estaba traspasando el umbral hacia una dimensión en la que el cuerpo, el alma y los sueños se fusionaban en el espacio y en el tiempo. Es posible también - que lo bueno de la imaginación y de los viajes es que uno puede especular - , que la actitud de esos hombres y mujeres se debiera a la proximidad del cementerio que tiempo atrás me había llamado la atención cuando ojeaba un reportaje sobre Chiapas en una antigua revista de viajes. Un cementerio que sobre el papel me había estremecido por la variedad de cruces que aparecían en la fotografía. Cruces de diversos tamaños; enormes algunas y menudas otras; cruces de colores azules y verdes para los adultos, blancas para los niños y negras para aquellos que cumplían más de 52 años, debido – según me contó un guía días después en Chichen Itza - a la tradición maya según la cual ese es el periodo de un siglo y la edad que marca la vejez, y que por uno de los habituales despistes que suelo tener en los viajes no llegué a visitar.
La calle principal que desemboca en la plaza, estaba cortada al tráfico por ser día de mercado y tanto la calzada como las aceras eran un hormiguero de hombres y mujeres que caminaban serios como si la felicidad y las sonrisas estuviesen prohibidas. Las aceras eran una sucesión de tenderetes, carritos y mantas repletas de tejidos, bolsos, objetos de cuero y cachivaches varios que obstaculizaban el tránsito, y la calzada por la que nos abríamos paso, se estrechaba a medida que nos acercábamos a la plaza. Con requiebros, fintas, y no poco esfuerzo conseguí llegar hasta la esquina del ayuntamiento donde había un pequeño puesto de pollos y gallinas que seguramente en unas horas acabarían en la iglesia para que les diesen matarile. Caminé unos metros hasta a la oficina de turismo y allí firmé en el «Libro de Honor» o las estadísticas; «Un Fernando estuvo aquí», sin haber dañado el patrimonio. Tras pagar el obligado peaje para visitar la iglesia, me dirigí hacía ella dando un rodeo.
La fachada de tipo colonial, pintada en blanco, no revelaba ningún signo de que en el interior se celebrasen ceremonias ajenas a la religión católica. Parecía la típica iglesia que uno puede encontrar en Mesoamérica; pero sí había algo que llamaba la atención. El pórtico de entrada, en el que los contornos coloreados en verde, azul y verde albergaba símbolos que asemejaban flores o figuras geométricas y que nunca los había visto en otro templo; en sus costados, ramas largas y sin vida que parecían de pino o de ciprés. Me acerqué a la entrada midiendo los pasos, caminando con cuidado, como quien se acerca a un precipicio. En la puerta, que permanecía entreabierta, un mayordomo de pelo cano, cara curtida y mirada afilada que expresaba una mezcla de desprecio y desconfianza, examinaba los permisos y evaluaba el aspecto de los que nos agolpábamos en la puerta.
Muchas eran las leyendas que había leído o me habían contado - y éstas parecían ser ciertas - sobre los castigos que se aplicaban a aquellos que infringían las normas que gobiernan la comunidad: desde el linchamiento público, a la expulsión del pueblo; desde la multa, a la cárcel o todo a la vez y no necesariamente en ese orden. Y a mí, repito, esas cosas me han inquietado siempre porque la masa no escucha ni atiende a razones y un malentendido o una equivocación pueden convertirte en cabeza de turco o víctima inocente de una exaltación.
La peculiar manera de entender su religión católica ha devenido en ocasiones a unos extremos de intolerancia que asustan: como ocurrió durante las décadas de los setenta, ochenta y primeros noventa donde más de 35.000 personas, principalmente evangélicas, fueron golpeadas, vejadas y expulsadas de la comunidad por unos caciques - que podrían haber sido discípulos de Torquemada y sus chicos - que no admitían que esas almas hubiesen abandonado el culto católico tradicionalista. Una religión católica, por otra parte, muy particular, que en los años de la conquista se impuso como se imponía en esa época; apelando a la violencia en nombre de Dios o Santiago el que cerraba España, y sustituyendo a las bravas los ídolos por imaginería cristiana, curanderos por curas, templos por iglesias y ceremonias por misas en latín.

Los Tzotziles a lo largo y ancho de los siglos fueron adaptando la nueva doctrina a sus creencias, aceptando y rechazando lo que les convenía (de hecho el único sacramento que admiten es el bautismo) modelando su propia religión y manera de vivirla.

Una vez dentro, permanecí a escasos metros de la puerta, cerca de una campana que seguramente dejó de sonar tras una revolución. La visión de lo que allí sucedía provocó que mi corazón se acelerase y mi piel se erizase por razones que seguramente nunca descubriré: fue un golpe brutal a mis sentidos. Tenía la impresión de que me había introducido en el corazón de una de esas sectas que aparecen en las películas de aventuras en las que se escuchan repetidamente palabras graves y monótonas.

Continuará

2 comentarios:

Myriam dijo...

¡Apasionante relato, voy a la segunda parte ya!

¡Qué experiencia la tuya! y estoy de acuerdo contigo, ya lo sabes de sobra, en que viajando aprendemos de otros y de nosotros mismos también.

Me gustaría leer la Verdadera Historia... de Bernal Diaz del Castillo.

Sobre las cajas en el colectivo y la gente tan peculiar que te encontraste en ese viaje: tuve una experiencia bastante similar hace ya mucho tiempo en Colombia en un tren de larga distancia, al que la gente se subia con pollos, gallinas etc. todos apiñados, parados, sentados etc.
En las estaciones vendian hasta huevos de iguana.

Besos

Fernando López Fernández dijo...

Hola Myr:

Muchas gracias por leer los diarios. De Bernal del Castillo tienes un libro que es historia verdadera de la conquista de nueva España que es casi autobiográfico y merece la pena leer.
La verdad es que América es apasionante y cuando viajas en estos colectivos te explicas uchas cosas.
Un beso

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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