jueves, 26 de marzo de 2009

Cuentos de las noches tristes: Todo por un sueño

El vuelo a Ámsterdam había sido interminable, y aún le quedaban cinco horas para llegar a su destino; dos de espera en unos asépticos bancos de plástico, y casi tres de vuelo a Madrid.

Los preparativos habían sido largos. Cinco años ahorrando cada una de las monedas que los clientes dejaban como propina en el pequeño café de la Plaza de la Iglesia donde trabajaba doce horas diarias sirviendo y limpiando mesas después de acudir al Mercado Central donde con las primeras luces del día descargaba a destajo enormes fardos que contenían hortalizas, frutas o verduras de los valles próximos. Luego, correr hasta la terminal de colectivos. Aún le caían gotas de sudor cuando tomaba «El Camioncito», un autobús ruidoso y desvencijado que le alejaba de las luces de la ciudad. Era el único momento en el que podía realmente descansar a pesar del bullicio y del asfixiante calor que siempre reinaba. Más de una vez, se había dormido arrullado por el brusco ronroneo del vehículo y por unas conversaciones que mudaban en susurros a medida que el pasaje descendía y se perdía por unas apagadas calles repletas de barro; un barrio triste de casuchas irregulares e inacabadas. En las últimas, las que se encontraban más aisladas de la carretera, tenía su hogar. Allí le esperaban ocho ojos: seis expectantes y dos de resignación.

Lo habían hablado muchas veces, pero él se resistía a dejar a su mujer y sus hijos solos en aquel triste suburbio. De todas formas, debía hacerlo. Necesitaban el dinero para poder tener la pequeña tienda de abarrotes, la ilusión de sus vidas, que procuraría un futuro mejor a sus tres hijos.

El día de la despedida había sido el más amargo de su vida. Ni llevar su mejor camisa, aquella que sólo vestía en los días de fiesta, lo animó. Acompañado de su mujer, el trayecto al aeropuerto fue un viaje de manos entrelazadas y silencios reflexivos. Al despedirse no lloraron, pero el dolor mutuo se reflejaba en sus miradas y en el abrazo final al anunciar su vuelo.

Las primeras semanas en Madrid fueron difíciles. La adaptación, el rechazo, la indiferencia. Buscar trabajo, desesperarse por no encontrarlo: sobrevivir. Incluso, no reconocía a sus compatriotas que, con más tiempo en la ciudad, parecían olvidar quienes habían sido por la forma tan arrogante con la que se dirigían a los nuevos que, como él, ignoraban las costumbres y forma de vivir de los españoles.

Encontró trabajo rápido gracias a la mediación de la prima de un amigo que había conocido en una parroquia de un barrio pobre cuando había acudido a pedir ayuda y consuelo.

Una habitación compartida con tres extranjeros como él, era su hogar. Su único entretenimiento era acudir a un parque, donde se reunían los domingos los emigrantes de su país que habían buscado una vida mejor. Ese día gastaba un poco más de dinero. Compraba dulces y empanadas a las mujeres que furtivamente las vendían a escondidas en pequeñas cestas. Se sentaba en un banco, desenvolvía la compra y comía despacio, cerrando los ojos. Cada mordisco dejaba en su boca el sabor de la añoranza, de las cosas que se desean y no se olvidan. Así pasaban los días y los meses.

Acababa de transferir a su mujer, desde un pequeño locutorio de barrio donde se podían encontrar todas las razas del mundo esperando turno para intercambiar palabras metálicas (que no por lejanas, dejaban de ser cálidas), casi todos sus ahorros; un año de trabajo mal pagado, y aunque aún no había llegado el día quince, día en que su mujer se desplazaba a la oficina de la compañía telefónica para hablar con él, le entraron unas ganas irresistibles de escuchar su voz. No podía ser.

Mirando los escaparates de las iluminadas tiendas, pensaba en lo bella que estaría ella con ese vestido de flores, o con ese conjunto azul y amarillo que había visto a la mujer de su último jefe. ¡Eso quedaba tan lejos!

De vuelta a casa, en el autobús se acordó de «El Camioncito». ¡Qué diferente al Circular!, ¡Qué diferente todo! Se acordó de los días de camarero, de la clientela, de los fardos que marcaban su espalda, de don Luis su vecino que fue maestro de escuela y con quien conversaba algunas noches antes de dormir. Pensando en ello, notó que su corazón latía más deprisa y su cabeza albergaba una única idea: había decidido volver.

Sus tres últimos meses en Madrid ya no fueron tristes. Trabajaba de sol a sol, pero el deseo de volver a estar con los suyos le daba fuerza. Su mujer no sabía nada de todo aquello. Un día antes de partir entró en una tienda y le compró un vestido a su mujer; un vestido estampado que causaría admiración en las fiestas de su barriada natal.

En el viaje de regreso, el único trayecto que se hizo largo fue el que iba desde el aeropuerto a su casa. Cuando vio a su familia, le faltaban brazos, besos y caricias. ¡Tenía tanto que recuperar!

Y es que, a veces, dejamos «Todo» por un sueño, cuando lo más lógico sería dejar los sueños por «Todo»

Este cuento pertenece a una serie de pequeños relatos «Cuentos de las noches tristes.» Lo escribí hace varios años pensando en todo lo que a veces dejamos en el camino por unos sueños que no siempre se cumplen y por los que tendemos a renunciar a lo que realmente nos importa. También ocurre al contrario: no intentamos hacer realidad nuestros sueños porque tenemos miedo a perder lo que ya hemos conseguido.

La vida es elección y buscar el equilibrio entre los sueños y lo que realmente se desea (aunque no se sepa) conlleva a una lucha interna que puede llegar a estancarnos y a que en nuestro espíritu asome la frustración al no avanzar ni tomar nunca una dirección. El protagonista del cuento tomó su decisión. Optó por ser feliz con su familia no en un futuro lejano, sino en ese momento aunque no hubiese alcanzado el dinero suficiente para la tienda de abarrotes. ¿Qué decisión habrías tomado tú?

Dicen que todos los cuentos tienen un final, pero los «Cuentos de las noches tristes» no lo tienen o su final es el punto de partida. Cada cual puede continuar la historia como le apetezca. Así que si quieres, crea e imagina la continuación de este cuento.




8 comentarios:

Elisa dijo...

hermosa historia, me gusto mucho la parte en que le compra el vestido, sigue compartiendo tus historias que quiero leerlas!! yo tenia una alcancía que decía Alemania y ponía monedas porque habia comenzado a ahorrar para ir allí... pero los libros, las fotocopias, los cuadernos me salen caros y no soy rica... me encanto la entrada, un beso querido fernando

Cubelli dijo...

Lo mas bonito es que puedas hacer de la realidad, sueños.
Me ha encantado, es muy cinematográfica,me recuerda a mi padre cuando vino acá, solo que el trajo consigo esos diez ojos llenos de confusión y dos de admiración. Luego vinieron dos ojos mas que con el tiempo fueron como los dos anteriores, llenos de admiración.

Fernando López Fernández dijo...

Elisa - Gracias por pasarte otra vez más por Soul Business. Me alegro que te haya gustado. Y no pierdas la esperanza de ir un día a Alemania. Las cosas siempre pueden mejorar.

Un fuerte abrazo

Fernando López Fernández dijo...

Así es Cubelli. De la realidad se construyen los mejores sueños. Y tu eso lo estás comprobando.

Un abrazo amigo

Katy dijo...

Yo realmente soy muy realista y distingo entre un sueño y una realidad. SAiempre habría elegido a los mios y de hecho así ha sido.
Pero ese es otros cuento:)
Un beso

Asun dijo...

La verdad es que tiene que ser una decisión muy muy difícil dejarlo todo atrás y marcharse a miles de kilómetros.

Hoy hay muchos que se ven obligados a abandonar sus sueños después de haber emprendido el camino de búsqueda y regresar a su origen sin haber podido cumplirlos.

Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

Claro, pero no todo el mundo es igual ni tiene las mismas certezas. La elección suele ser distinta.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

Por eso le decía a Katy, no todos somso iguales y/o estamos en la misma situación.
Un beso

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...