martes, 3 de febrero de 2009

Una terapia peligrosa

Cuando salgo de trabajar, acostumbro a dar un paseo antes de llegar a casa. Unas veces camino durante los más de seis kilómetros de distancia que hay entre los dos puntos; otras, tomo un autobús y me bajo a una media de cuarenta minutos de paso moderado de mi destino. Solo me pongo una condición: el recorrido debe ser distinto cada día.

Alguno de mis amigos, conocidos y compañeros me dicen que “estoy como una cabra”, (otros van más allá y le ponen adjetivo a la cabra) por tener esa afición tan extraña de cambiar mi itinerario diariamente. No se lo reprocho, es más, agradezco profundamente que se preocupen por mi salud mental, pero tengo, no se si buenas, pero si poderosas razones para hacer lo que hago.

La primera de ellas es relajar el cerebro. Generalmente el trabajo, sobre todo si tienes puestos de responsabilidad o crees que el jefe te hace la vida imposible, tiene más momentos adversos que favorables: un proyecto que se atasca; un pedido que no llega; una negociación que se alarga; un cliente que no compra ni paga; un encontronazo con el “compi”; tomar medidas desagradables o impopulares; intentar planificar el futuro o esperar decisiones que no llegan, son algunas de las situaciones a las que nos enfrentamos todos los días. Las pequeñas satisfacciones, como esa idea genial; esa cuenta ganada; esa felicitación del cliente; o ese regusto placentero que deja el trabajo bien hecho en el alma y el cuerpo, a menudo quedan velados por los adversos. Los momentos, como dice mi compañera Lourdes, “teletubbies” (momentos en los que todo el equipo se abraza para celebrar el éxito) se espacian en el tiempo por esa dinámica en la que nos metemos.

A todos nos ha pasado que estando con amigos, familia o incluso solos, nuestra mente seguía “poseida” por el trabajo. Esto es muy negativo para nosotros y nuestro entorno al estar en frecuencias diferentes que obstaculizan la relación con el riesgo de un rápido deterioro.

En mis paseos libero esa tensión, esa ansiedad que genera la incertidumbre de no tener todas las respuestas. En cada pisada voy mudando el pensamiento dejando que esas preocupaciones vayan diluyéndose: no siempre se consigue pero al menos se pueden enfocar desde otra perspectiva.

La segunda razón tiene que ver mucho con mi forma de pasear: me gusta hacerlo sin rumbo fijo, sin guión ni obligaciones. Me dejo llevar. En una encrucijada de calles, solo instantes antes decido por donde seguir. Es muy entretenido. Lo recomiendo. Casi todo son ventajas: además de abandonar una rutina que puede llegar a aburrir, conoces mejor la ciudad; ves edificios singulares; descubres un bar, un restaurante que promete; curioseas por tiendas antiguas y te fijas en negocios que no se te pasaban por la cabeza que existiesen, como ocurrió en uno de mis últimos paseos, que me quedé embobado mirando el escaparate de una tienda especializada en loros. Puedes jugar (búsqueda de algo en concreto, hacer estadísticas sobre el recorrido, imaginar la vida de alguien en quien te has fijado…) Es inspirador.

Aunque, quizá, lo más importante es que estos paseos, estos juegos te permiten comprender un poco mejor lo que te rodea; el estado de las cosas, del mundo y conocerte un poco mejor al estar sometido a estímulos no programados. Es como si te renovases un poco sin tomar productos artificiales.

Es una terapia peligrosa. Te pueden llamar cabra


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