lunes, 16 de febrero de 2009

Negocios que no deberían morir: Librerias de viejo

Me gustan las «Librerías de Viejo», especialmente aquellas que conservan ejemplares de siglos pasados. Cada vez quedan menos. Inexorablemente, van desapareciendo del corazón de las ciudades, muriendo a nuestra vista y dejando una sensación de vacio, de orfandad nostálgica a los que experimentamos el placer de revolver entre cientos de usados, y descatalogados volúmenes que envejecen amontonados o dispuestos en sus estanterías.

Son el último refugio a pie de calle de nuestra memoria; un espacio donde la vida pasa descansada y lenta, y las urgencias tienen reservado el derecho de admisión.

Hay algo en ellas que les confiere un aire misterioso, mágico, excitante; como si entre sus paredes uno fuese a encontrar una revelación definitiva, un tesoro oculto vedado a quien no tiene la paciencia de profundizar en el legado que hombres y mujeres fueron depositando a lo largo de los siglos.

Se percibe desde el primer momento que se traspasa el umbral: la mirada del librero que con una ojeada condescendiente te juzga, imaginando por tu forma de buscar o detenerte en determinados ejemplares, si eres un cazador de gangas, si has entrado a curiosear, si amas profundamente los libros o si mereces ser digno de recibir alguna pista que te desvele el lugar donde hallar aquella lectura – que sin saberlo a veces- querías unir a tu vida.

Mientras te manchas los dedos acariciando y abriendo los libros, el olor del polvo y papel viejo se introducen en tu cerebro predisponiéndolo a un viaje reflexivo sobre la naturaleza humana: lo que fuimos y lo que somos. No sólo por lo impreso en ellos, sino también por lo escrito por sus ex dueños. Desde la firma o el ex libris que nos advierten que las posesiones no son para siempre, al lápiz que subrayó párrafos y pensamientos que le cautivaron;

Son lugares donde uno se tutea con Ovidio, Maimónides, Dickens, Bernal Díaz del Castillo, Larra y un largo etcétera de personajes que empeñaron su vida en darnos a conocer la historia (su historia), la botánica, el pensamiento, las costumbres… sus sentimientos y sabiduría. Aquí, también encuentran asilo los libros escritos por autores de único libro; de única inquietud; testimonio de los que fracasaron y de los que tuvieron un éxito efímero: malos y buenos escritores olvidados que plasmaron, en hoy amarillentas y quebradizas páginas, sus manuscritos, sus ilusiones, sus sueños.

Lo nuevo sustituye a lo viejo. Actualmente las grandes librerías parecen asépticos supermercados literarios donde los productos (libros) tienen fecha de caducidad y el libro es repuesto con la indeferencia que deja la celeridad de un mundo que no quiere darnos tiempo a asimilar lo leído; un mundo donde la compra se hace fácil porque el marketing se encarga de tomar nuestras decisiones: sólo se necesita un interés editorial, la opinión de una crítica (normalmente pagada) y una muchedumbre dispuesta a creer dogmáticamente lo que digan los anteriores

Están amenazadas por la paradoja de la era de Internet que por un lado, exilia las obras a almacenes donde son catalogadas y documentadas perfectamente (es más barato un almacén que el alquiler de un local), privando del placer que produce el ojear pausadamente un libro. Por otro, Internet pone a tu disposición, a través de inteligentes buscadores, un fondo editorial inimaginable que llega a agobiar por el hecho de que, al poder comparar cómodamente, acabas navegando por varias librerías virtuales, extraviándote entre cientos de páginas que intentan seducirte con propuestas alternativas que te desvían de la búsqueda original.

Mueren, al tiempo que lo hace una tradición (el tipo de negocio se prestaba a ello) por la cual la librería pasaba de padres a hijos y que como ocurre a menudo en multitud de empresas y negocios, los herederos están más interesados en «trincar la pasta» que deja el beneficio de una venta, que en mantener lo construido a base de esfuerzo, amor y dedicación.

Están desapareciendo de nuestras calles y ver los cierres echados me produce una profunda tristeza. El negocio acabará atrapado en la red y aunque útil, no será lo mismo.

Hay negocios que no deberían morir.

4 comentarios:

Guely of Sweden dijo...

Será que algún día le contaremos a nuestros nietos lo que fue una librería de viejo, una máquina de escribir, una guia telefónica, una carta con sus estampillas, un video, un disco?

Fernando López Fernández dijo...

Es posible que sea así Guely. Serán reliquias y volverán a ser valoradas. Gracias por participar.

Saludos

Picatrix dijo...

Así es. Agonizan. Para muchos están vínculadas a gratísimos recuerdos de descubrimientos y hallazgos de libros insospechados.Los nuevos tiempos invitan a nuevas formas, y la desaparición paulatina de estos escaparates de lo añejo están dando paso a una virtualidad cada vez más aséptica en el trato con el libro. Lo que ganamos en disponibilidad, hoy tenemos millones de ejemplares a un solo click de ratón, se pierde indefectiblemente en el contacto directo, casi reverencial, con los libros. Los bibliófilos que peinámos alguna cana siempre añoraremos el trato directo con los libreros y el disfrute del contacto con los libros.

Fernando López Fernández dijo...

Picatrix. Me ha encantado todo el comentario. Como dices, el contacto con los libros es mágico.
Gracias por participar

Saludos

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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