jueves, 5 de febrero de 2009

The long and winding road

Una manera de pulsar la vida de una ciudad es adentrase en los bares y cafeterías a primera hora de la mañana. Hablo de esa franja que horaria que se sitúa entre las siete y diez de la mañana. A esas horas - a diferencia del resto de la jornada – la atmósfera que se respira es especial. No sólo por el aroma del café, la bollería o churros recién hechos que impregna el ambiente; también porque el ruido (habitual en este tipo de establecimientos) es menor y uno puede escuchar y distinguir perfectamente cualquier sonido; desde el choque de la cucharilla con la loza al remover el azúcar, al vapor que sale de la máquina del café; desde el tintineo de las monedas dejadas para “El bote”, al “buenos días me pone uno con leche corto de café leche templada por favor” .

Generalmente los clientes que acuden a esas horas, o son gente que va a trabajar o gente que ya lleva trabajando varias horas; pero casi todos lo hacen de forma individual. No suelen conocerse entre ellos, quizá sólo de vista por la rutina, y el único interlocutor al que se le da – o da – palique, es al camarero. La conversación, si no es lunes por aquello del fútbol - gira en torno a la crisis, lo mal que están las cosas, lo que va a durar y como adivinos, por curarse en salud se escucha la frase “y lo peor está por venir”.

Si no hay conversación lo que se percibe son silencios tristes que explican muy bien el sentir de la gente

Los que acuden antes del trabajo, llevan poco tiempo enfrentados a la realidad del día que los espera. Los que salen (es duro trabajar cuando otros duermen) se la llevan a la cama. Todos se llevan en el ánimo una pequeña dosis de pesimismo solidario: las noticias no son buenas y las hacemos peores.

Quizá mucho de este pesimismo provenga de que, acostumbrados a tener todo porque nos han hecho desear tanto las cosas necesarias como las superfluas, cuando carecemos de parte de lo que teníamos o tenemos que renunciar a ellas, nos sentimos inseguros y el miedo se apodera de nosotros.

La vida, como la bella canción de los Beatles que da título al Post, es un largo y tortuoso camino en el que siempre vamos a encontrar dificultades. Hemos (mea culpa también) creado una sociedad hedonista y débil, preparada sólo para el disfrute y no para enfrentarse a los obstáculos que aparecen en la senda de nuestra existencia. No importa el camino ni los atajos que tomemos, siempre aparecerán, porque la vida en su orden natural, como las monedas, nos ofrece dos caras. Los habitantes de los países más ricos del mundo deberíamos ser más ecuánimes y agradecidos porque la moneda, casi siempre nos viene de cara y nuestros caminos están trazados y asfaltados. A otros, les sale cruz y no se les da la oportunidad de caminar.

No nos vendría mal un poquito de optimismo para el camino ¿no? A partir de hoy, he decidido hablar lo menos posible de la crisis y caminar sabiendo que las barreras se han creado para eliminarlas.

Os dejo un video de la canción en versión “The Corrs”

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