viernes, 20 de febrero de 2009

El preso 175


Leo en las noticias que Duch, uno de los principales torturadores de los Jemeres Rojos y ex comandante de la prisión S-21, está siendo juzgado por crímenes contra la humanidad; por las atrocidades que cometió en Camboya durante el gobierno de Pol Pot. Y, aunque el juicio se celebra con retraso, me alegro de ello. Durante el mismo, ha expresado su arrepentimiento y pedido perdón a sus víctimas. No es suficiente y espero que la justicia haga honor a su nombre y la sentencia sea ejemplar.

Hace un tiempo visité ese hermoso país y dejó en mi ánimo un sentimiento agridulce. Los paisajes, la espectacularidad de Angkor, la sencillez de sus gentes me enamoraron al instante. Sin embargo, hubo otros aspectos que no me gustaron absolutamente nada, y que, en gran medida, se deben al particular sistema de gobernar de aquellos que hoy piden clemencia. Me refiero a la pobreza que asoma por cada esquina, al bajo porcentaje de alfabetización, al alto índice de mortalidad infantil y a muchos índices más, muy por debajo de lo aceptable, que han hecho de Camboya un país débil y expuesto a lo peor de la perversión humana, como el tráfico de órganos o la prostitución infantil.

Creo que, además de ser castigados por crímenes contra la humanidad, deberían ser juzgados por el legado que dejaron a un pueblo que tardará -si se lo permiten- muchos años en recuperar su dignidad.

Os dejo un extracto de mi diario de viaje a Camboya en el que relato la experiencia agria que me produjo la visita a la triste prisión S-21.

Otro día hablaré de uno de los más bellos complejos que he visitado en mi vida: Angkor.

El preso 175



En la callejuela por la que se entra al museo de Tuol Sleng, (el museo de los crímenes de guerra) los pedigüeños se acercan suplicantes, posando sus muñones en el cuerpo de los visitantes. Otros, se señalan una pierna inexistente y miran a los ojos buscando compasión. Los más tímidos, hacen ligeros movimientos de cabeza mientras alargan la mano. Son, en la mayoría, víctimas del terror Jemer que inundó de minas el país; o lisiados de una guerra que no buscaron: un anticipo suave (por llamarlo de alguna manera) de la crueldad de un Régimen que cercenó los derechos y la dignidad del hombre y, que a sólo unos metros de distancia, muestra un testimonio espeluznante de las atrocidades cometidas por Pol Pot y sus hombres.

Entre sus muros murieron más de 16.000 inocentes torturados por unos «hijos de puta» que cometieron uno de los mayores genocidios de la historia. Hoy es un triste testimonio de la crueldad de los hombres que tienen los «cables cruzados».

El museo se encuentra en el edificio que albergó la célebre prisión S-21, que anteriormente había sido el Liceo Francés, un prestigioso colegio femenino. Una vez dentro, llama la atención el descuido y sensación de abandono en el que se encuentra. Los hierbajos crecen anárquicamente en un patio en el que, paradojas de la vida, se pasó de escuchar la alegría que regala la juventud al llanto más atroz. La fachada, otrora blanca, está ennegrecida, con desconchones en algunas zonas, como si, desde la salida del último muerto, el complejo hubiese sido olvidado.

Un enorme tablero escrito en jemer, ingles y francés explica el reglamento penitenciario. Su lectura golpea tu mente de tal manera que, sin haber visto el interior del recinto, un escalofrío recurre todo tu cuerpo preparándote para una visita que no es agradable pero si necesaria. Estas eran las reglas:

1. Debes responder sólo a lo que te pregunte. No evites mis preguntas.

2. No trates de esconder los hechos poniendo pretextos. Tienes estrictamente
prohibido discutirme algo.

3. No te hagas al tonto porque eres un tipo que se ha atrevido a contravenir la revolución.

4. Debes responder a mis preguntas de inmediato, sin perder tiempo en reflexionar.

5. No me vengas con tus inmoralidades o la esencia de la revolución.

6. Mientras se te azote o se te den bastonazos eléctricos no debes gritar.

7. No hagas nada. Siéntate quieto y espera mis órdenes. Si no hay ninguna orden, permanece callado. Cuando te pida que hagas algo, debes hacerlo inmediatamente y sin protestar.

8. No pongas pretextos sobre Kampuchea para esconder tu colmillo de traidor.

9. Si no sigues todas las reglas anteriores, recibirás muchísimos latigazos eléctricos (no podrás contarlos)

10 – Si desobedeces cualquiera de las reglas anteriores recibirás 10 latigazos o 5 descargas eléctricas.

Grilletes, tenazas, picanas y otros elementos de tortura están dispuestos en las distintas salas y duele solo el verlo. Sin embargo, lo que más punza en el alma y te descoloca, es la visión de las fotografías de los prisioneros que los carceleros realizaban antes y después de la tortura, y que son exhibidas en hileras de paneles en algunas dependencias.

Los rostros miran aterrorizados, sabedores de un próximo final lleno de dolor, sabedores de que morirán de una manera indigna, sin posibilidad alguna de rebelarse, sin una oportunidad de defenderse, de luchar; sabedores de que el tiempo allí no pasa, que ha dejado de existir porque ya no hay esperanza. Nada importa, sólo esperan morir rápido (suicidarse contraviene las normas). Morir a manos de tus compañeros de infortunio significa más castigo para ellos, alargando su suplicio y su desesperación.

Mis ojos van pasando ante miles de caras que te fijan y estremecen como si aún estuviesen vivos y solicitasen ayuda. Y al verlos, pienso en la soledad que debieron sentir en ese espacio de muerte, porque en esas circunstancias no habría lugar para la solidaridad; y mi imaginación los ve sufrir, aguardar entre gritos, ver como se cagan vivos porque el olor de la sangre caliente penetra en el cuerpo, se mezcla con las lágrimas, con una impotencia brutal que veja y agota, con los gritos de las celdas próximas.

Tipos cuyo único delito era saber leer o escribir. Niños cuyo único delito era ser niños y en definitiva, miles de personas que estaban en el lugar adecuado pero no en el momento adecuado. Víctimas de una sin razón cuyo último alivio lo encontraron en el recuerdo de la mujer, de los hijos, de los padres, de los amigos y de un pasado mejor. Gente que tendría sus sueños, sus planes de futuro.

Entre todos ellos, el preso 175 mira a la cámara como aquel que ya tiene asumido que le van a dar matarile y al menos no brinda la oportunidad a sus torturadores de expresar terror.

Descansen en paz

6 comentarios:

Elisa dijo...

hola como estás? que entrada! sinceramente me produjo infinidad de sensaciones, de injusticia, de rabia de dolor. Tu relato sobre la visita a ese lugar es penetrante y es degradante para el género humano que miles y miles hayan muerto por saber leer y escribir y por nacer en la condición que nacieron. Mi deseo es que descansen en paz y que se haga justicia por ellos y por la generación que sufre las consecuencias, no más terrorismo de estado por favor.
un abrazo para tí
Elisa

Fernando López Fernández dijo...

Hola Elisa

La verdad es que lo que ocurrió en Camboya durante el Régimen de los Jemeres Rojos fue brutal. Visité también los tristemente famosos "killing fields" y lo que encuentras allí es para desanimar a cualquiera.
Un abrazo

Asun dijo...

¡Qué horror! Es espeluznante.
Se ponen los pelos de punta sólo de leerlo, así que imagino el cuerpo que se le tiene que quedar a uno visitando un sitio como ese e imaginando el sufrimiento de las personas que allí fueron recluidas y torturadas.

Nunca llegaré a entender cómo alguien que se dice pertenecer a la raza humana puede ser capaz de cometer semejantes atrocidades.

Un beso

Katy dijo...

Me vas a perdonar pero no he podido leerlo. Me horrorizan estas escenas porque mi sensibilidad es mi perdición. Lo intenté-.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Asun:

Te revuelve el alma y la conciencia y llegas a certificar lo brutal que puede ser el ser humano cuando se le va la cabeza.
Un beso

Fernando López Fernández dijo...

Hola Katy:

N te preocupes, lo entiendo, no es un post divertido ni amable, pero creo que necesario.
Un beso

Soul Business

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