La verdad es que uno empieza a estar cansado, aburrido y, lo que es peor, bastante mosqueado con la clase política española. Cada día el debate político se parece más a un programa de esos en los que se escucha poco, se respeta menos y se pegan gritos mientras el ¿moderador? intenta poner orden en medio de tanto barullo. En mi opinión, cada vez tienen menos clase. Y es que se pierden las formas, las maneras y la educación. No se reconocen los errores, o se echa las culpas al Boogey, o se la calzan al más pringado, o insultan al rival para desviar la atención y que la opinión pública, o sea, nosotros, nos solidaricemos y creamos a pies juntillas todo lo que nos cuentan. Luego se fuman un puro y a esperar que escampe el temporal.
Supongo, y quiero creer, que hay políticos dignísimos y respetabilísimos que verdaderamente tienen vocación de servicio, que se esfuerzan por mejorar las condiciones de los ciudadanos, que trabajan para todos y cuya única ambición es conseguir un mundo mejor para la comunidad. Al contrario que otros, que sí creen en un mundo mejor, pero el suyo, el que se van montando gracias a la confianza de los electores que les votaron, como estamos viendo con más frecuencia de la que sería deseable: que aceptable no lo es.
No se que tiene el poder a esos niveles, que atonta un poco; que no es que cambie a las personas, es que a menudo las empeora. Uno va leyendo, encontrándose con algunos de ellos -que no se por qué parece que crecen cinco centímetros cuando les ves andar de pose, aunque se trate del ayudante del ayudante del subdelegado, cuya única preparación y méritos son tener carné y vínculos familiares con un dirigente del partido- y tiene la sensación de que si esos son los que nos van dar castañas o nos las van a sacar del fuego lo tenemos claro. Esto me parece muy triste y debe ser endémico porque ocurre en todos los países.
Como a cualquier ciudadano con sentido común, me gustaría que gobierno y «oposiciones» (que hay más de un partido con escaño e ideas diferentes) se pusieran de vez en cuando de acuerdo para trabajar en común y no sólo para salir en las fotos de los eventos deportivos y saraos varios.
A mí que se insulten o discutan casi me da lo mismo. Ya son mayorcitos para saber que con esas actitudes lo que único que están consiguiendo es desprestigiarse a sí mismos. Es su problema. Lo que no me da lo mismo es que desprestigien al país e insulten la inteligencia de sus ciudadanos. Eso lo llevo un poco mal, pero lo que de verdad me preocupa es que no rectifiquen.
No les vendría mal leer los libros que escribió Giovanni Guareschi sobre Don Camilo y Peponne, lecturas que me permito recomendar por divertidas, reflexivas, y edificantes. Si muchos políticos las leyesen aprenderían que si hay verdadera voluntad de servicio, ganas de trabajar, los problemas y las diferencias ideológicas se pueden aparcar.
Las historias que protagonizan estos dos personajes se sitúan en la posguerra italiana, un periodo especialmente complicado del país. Don Camilo, el párroco de un pequeño pueblo cerca del Po, representa a la conservadora y católica Italia. Peponne, el alcalde, al modelo revolucionario y comunista. Dos mundos enfrentados, dos formas de pensar y de hacer política (Don Camilo la hacía) que se refleja al leer las páginas de unos relatos, que además de divertidos están llenos de diálogos irónicos y reflexiones geniales.
Don Camilo y Peponne son dos rivales, dos adversarios. Se insultan, llegan a las manos en más de una ocasión, se hacen jugarretas, pero en el fondo se aprecian y aunque de cara a la galería estén enfrentados, se unen cuando los acontecimientos lo demandan, bien sea para construir un asilo o una escuela, bien para poner fin a una huelga, bien para evitar pérdidas de trabajo. Piden y consiguen para la comunidad, no para ellos. Parecen odiarse pero no pueden estar el uno sin el otro. Cada uno cree en lo suyo: uno en Dios y otro en Stalin, pero entre insulto e insulto, entre bravuconada y bravuconada se entregan a su mayor compromiso, que es la gente. Son dos tipos sencillos, algo brutos e inocentes, pero con un corazón tremendo.
No dudan en burlar la disciplina del partido y del poder eclesiástico, ni en enfrentarse a los terratenientes si con ello consiguen mejorar la vida de sus conciudadanos. Pueden ponerse zancadillas entre ellos, liarlas pardas, azuzar a sus partidarios, pero al final, su honestidad personal está fuera de toda duda y los habitantes de ese pequeño pueblo italiano les respetan por igual.
Algo que desgraciadamente no ocurre por estos lugares.
Si muchos políticos leyesen estas historias, sabrían cual es su verdadero papel en eso que se llama gestionar el destino de los ciudadanos. La cosa iría mejor.